domingo, 23 de agosto de 2009

Sin ropas...


Cuando por primera vez comprendí que la gente armaba vínculos afectivos y que no se podía andar por ahí sin relacionarse con otros, él me mostró el mundo. O sólo un mundo nuevo que me pareció debía recorrer, sentir y sujetar.
Con esa mezcla rara de firmeza y ternura, de lejanía y profundidad, de indiferencia e interés, de cuidado y libertad, intenté acomodarme a su lado para acompañarlo o simplemente para indicarle que me guiara.
Vivíamos en la misma localidad, por eso siempre me pareció un misterio que, habiendo crecido en el mismo espacio geográfico, pasara tanto tiempo sin cruzarnos en algún rincón de la ciudad hasta aquél día.
Después de que el azar nos reunió, allá hace tiempo, tuvimos varios encuentros posteriores. Cada uno de ellos en circunstancias diversas, pero nunca, con la disponibilidad adecuada para conocernos. O él estaba comenzando una relación o yo estaba con varios meses de noviazgo encima. O yo estaba sólo y dispuesto y él en una relación de varios años. O él perdido en busca del anhelo y yo armando un destino en común con otra persona.
Cuando nos encontramos aquella vez, ambos coincidíamos en estar ingresando en el incierto duelo de relaciones de varios años.
Así que sentimos que ese momento nos brindaba la espontánea oportunidad de conocernos en circunstancias realmente novedosas y, según lo pensé al instante, poco propicias.
Todo comenzó con un mensaje de texto mío preguntando cómo estaba. Su respuesta inmediata fue la agradable sorpresa que le provocaba mi mensaje y la espontánea invitación para ir al cine con él aquélla misma noche.
Sin pensarlo demasiado acepté y nos encontramos en el patio de comidas del shopping a la hora acordada.
Cenamos y vimos una película que resultó ser la innecesaria excusa para aquél encuentro. A la salida de la sala, preguntó: "¿Tu casa o la mía?". "La mía esta más cerca", fue mi respuesta inmediata. Y terminamos abrazados en mi cama después de una larga madrugada.
Cuando pienso en aquél día, me pregunto si no hubiera sido conveniente haberle dicho lo que pensaba de ese reencuentro. De lo que significaba para mí haberlo vuelto a ver después de tantos años, tanto tiempo que de pronto se transformaba en minutos. De mis deseos, de mis expectativas, de lo que me pasaba cuando lo veía reír o cuando me tocaba o se preocupaba por mí o cuando me decía que tenía ganas de verme.
También me pregunto ahora si en realidad, a partir de ese encuentro impensado, no era yo quien realmente tuvo ganas de estar y él, sólo de poner una óptima distancia o, quizá yo, simplemente, necesitaba convertirlo en algún tipo de salvavidas en medio de mi Titanic personal.
Leí alguna vez que, quizá, las cosas que no se viven en el momento justo suelen llegar demasiado tarde y que, tal vez, no exista "demasiado tarde", sólo "tarde" y, "tarde", sea mejor que nunca.
Pienso en mis cuarenta y tantos años y en esa larga lista de intentonas vinculares en las que siempre me embarqué con un pié puesto firmemente en tierra.
Quizás a estas alturas siento que ya no queda mucho tiempo. O tal vez la verdadera sensación resulte ser que la acumulación indiscriminada de fracasos y frustraciones constituyen un sedimento difícil de remover para construir, sobre un terreno sólido, algo nuevo.
Cuando por las mañanas me miro en el espejo y veo esas líneas debajo de los ojos que no estaban antes, o cuando percibo que las distancias se hacen cada vez más grandes por el simple hecho de que disminuye la capacidad física, siento una pena profunda y melancólica. Y no puedo evitar pensar en el pasado, en los errores, en lo que podría y no podría haber hecho. Y entiendo, entonces, por qué hace seis años quise, inconscientemente, poner un fin a todo. Y comprendo que, de alguna manera, supe que era el comienzo de un final que se había preanunciado hacía ya mucho tiempo. Que había permanecido oculto y silencioso para despertarse de una vez y para siempre.
Recuerdo haberle dicho alguna vez a alguien, que uno siempre está más allá de la forma en que puede definirse con las palabras. Que la ideas que uno puede armar y exponer sobre sí mismo siempre se instalan más acá de la real naturaleza de la complejidad de la que estamos constituidos. Sin embargo, la incapacidad para verse "más allá" de la propia miopía conceptual, es un atributo que verifico claramente en los demás, aunque nunca pude aplicar sobre mi propia percepción.
Tal vez, en medio de todas estas cavilaciones deba detenerme un instante y mirarme al espejo y sólo tenga que reconocer que tengo miedo, que estoy triste, que me siento solo y que estoy comenzando a sentirme un poco cansado del viaje. Y tenderme al costado del camino y dejarme atravesar por el llanto si no puedo evitarlo. O necesitarte y pedirte que me mires, o me regales una sonrisa o un silencio lleno. O un abrazo o un beso si hace falta. O pedirte que me dejes ir con vos adonde quiera que vayas. O que me digas cómo seguirte o de qué manera acompañarte.
Yo, que siempre consideré que tenía unas cuantas cosas claras, me doy cuenta que estoy en medio del terreno completamente desnudo, cuando la mayoría anda con alguna prenda puesta.

JoP

2 comentarios:

petitapetitesa dijo...

Mira, me gusta el texto y mucho; pero tengo que serte sincera, me gustaría mucho más, de no tener que leerlo con lupa….que una es ya una anciana y no ve tres en un burro.

Un beso (este sin lupa)

A-nònima dijo...

...pero solo me nazco de espaldas a mis ojos, dijo hugo mujica...y es asi compañero...ahora; qué lindo que le escribe Ud.
un gusto.