lunes, 16 de diciembre de 2013

El sendero.

No me diga nada. Ya lo sé. La duda, por definición, es siempre una vacilación. Pero convenga conmigo que, casi con seguridad, el sendero aquél que se ve a lo lejos podría conducirnos a cualquier sitio menos al esperado. Cada vez que paso por allí miro hacia ese lugar y me pregunto si tendré el valor de tomar ese camino y dejarme llevar, aunque sea una vez en la vida. Dejarme llevar por lo inesperado. Usted sabe que soy uno de esos seres meticulosos que se ocupan de todo casi todo el tiempo intentando que, en lo posible, nada quede librado al azar. Uno de esos sujetos excesivamente racionales, como le dicen algunos para imprimir una etiqueta que tranquiliza más al emisor que al destinatario. Para otros, un obsesivo nato. Si usted pide mi propia opinión, más allá de que sostengo que los rótulos sólo sirven para recortar un aspecto que desecha al conjunto, con los reparos del caso, creo que me decanto por darles la razón a los segundos.
Hace un tiempo que vengo sopesando las variables en torno de ese camino y le juro que he atravesado diversos estados de ánimo y de disposición respecto de él. Porque desde aquí, puede apreciarse que a pocos metros de entrar en el surco delimitado por esos dos enormes álamos, una pronunciada curva hacia la derecha no deja ver más allá del tercer arbusto. 
Si, sí, ya sé. No me lo repita más. ¿Que cuándo me voy a decidir? Usted tiene razón cuando esgrime el argumento ese de que la acción deja desnuda a la incertidumbre, pero tomar una decisión de estas dimensiones no resulta fácil, sobre todo para alguien como yo. Imagínese cómo me sentiría si sobre la base de cualquier error de cálculo dudara apenas entrado en el sendero pasado ese tercer arbusto que, ya que lo menciono, me tiene obsesionado. Le comento un hecho sorprendente. Hace semanas que no veo en él una mínima variación. Quiero decir que de los cincuenta y cuatro brotes frescos que aparecieron esta primavera ninguno parió una hoja nueva. Los tallos antiguos tampoco muestran algún cambio. No ha perdido hojas antiguas ni se aprecian modificaciones en el color ni el tamaño de las existentes.  Extraño, ¿no le parece? Como si el tiempo se hubiera detenido en ese recodo que abre hacia lo desconocido. Todo a su alrededor parece moverse a mayor o menor velocidad, pero él, permanece impermeable al paso del tiempo. Vengo observándolo con detenimiento hace varias semanas y desde distintas posiciones y distancias. Y, ¿sabe qué?, nada de nada. 

Esta bien, puedo concederle que detenerse en apreciaciones de este tipo, es decir, en precisas elaboraciones acerca de ese arbusto no es más que otra forma de evadir o dilatar la resolución del problema principal. Claro que cuando usted apunta que la única forma de despejar aquello que inquieta por desconocido consiste en asumir de una vez por todas el tranco necesario para entrar allí, resulta a todas luces, la solución más plausible. Si me permite una observación, claro que sin ánimo de ofender, su punto de vista me resulta demasiado pragmático. Como si la planificación y el diseño previos de una estrategia no fueran también parte importante de cualquier empresa.

Hoy el día esta particularmente luminoso y templado. Como si la luz que se disemina sobre la superficie develara el verdadero color del que están manufacturadas todas las cosas. 
Sentado a unos treinta metros de aquél lugar -imagínese que nunca me había acercado tanto como hasta ahora-, todo parece más verde o más amarillo o más ocre o más marrón o más azul o más púrpura que en días anteriores. Y el aroma... Qué puedo decirle del aroma que presenta el aire.

Si debo serle completamente sincero y en honor a nuestra vieja amistad, no sé bien por qué me ocupo de estos devaneos. Tal vez, porque hay días en los que me siento en el infierno. Y eso sucede la mayoría de las veces en que ando por este mundo. Cualquier distracción plausible es buena para mirar hacia los costados y evitar dirigir la mirada hacia adentro. Por eso a aquél sendero, misterioso, cercano y distante a la vez, lo siento como un espejo en el que me miro desde hace un tiempo, tratando de encontrar allí algunas respuestas posibles. Probablemente, sólo una bastaría para sosegar el calvario. Y esto dicho por alguien que a simple vista podría ser calificado de padecer un optimismo patológico. De ese optimismo natural que a veces exaspera un poco. Pero usted bien sabe la fascinación que producen los espejos, hartas veces mucho más peligrosas que las alucinaciones, por cierto.

De todos modos no quiero entretenerlo mucho más, mi estimado amigo. Desde esta interioridad individual desde la que hablo le confieso que estoy dispuesto a partir, con todo lo que eso significa. Ya no es tiempo para dudas o remilgos. Ha pasado bastante tiempo desde las primeras dudas y he comprendido que convivirán conmigo para siempre. Sería de necios abrogar ese hecho indubitable puesto que no hay modificación posible que se traduzca en una acción plausible o definitiva ya que las modificaciones necesarias, cuando se trata de cuestiones tan profundas, resultan inoficiosas para no decir innecesarias. Y todo ello sin olvidar que no hay libertad de elección bien entendida que no sea aquella que deba pensarse en estrecha relación con el contexto social, la historia individual y la coyuntura personal de cada uno. Lo demás, son puras entelequias.

Casi sin pensarlo demasiado, he traído lo indispensable. Y cuando me refiero a ello digo que acarreo sólo lo irremediable e imperioso. Lo superfluo, casi sin darme cuenta, ha quedado relegado. Y me sorprendo a mí mismo cuando me descubro liviano para el viaje. Liviano de objetos y de afectos. Porque también ellos implican un peso que muchas veces son difíciles de tolerar.
Créame que desconozco las razones pero no sé debido a qué raro conjuro, me doy cuenta de que he perdido el miedo. Tal vez se deba a que en determinado momento germina un instante fugaz en el que todo parece volverse insoportablemente redundante.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La Paralítica (fragmento)


¡Sí, es verdad! ¡Sí, es verdad! ¡Es verdad, oficial! Sí, sí, sí, yo la maté. Pero es que me tenía harta, ella era mala, pérfida, ladina, ponzoñosa. Y me cansé de sus ojos de mosquita muerta. Y de que se hiciera la paralítica. Porque ella no podía moverse, es cierto, ahí están los certificados de los dotores, pero no era como para poner ojos de paralítica, ella se regodeaba con su tragedia y yo le decía paralítica de mierda y le tiraba el caldo con cabello de ángel, hirviendo se lo tiraba en la cabeza y por eso estaba toda pelada. Sí, es verdad, día por medio a las cinco de la mañana le tiraba el caldo porque no soportaba sus piernas flácidas y el olor de paralítica y la mentalidad de discapacitada y sobre todo que no había tenido la culpa de que se subiera al andamio en la obra en construcción en el Chaco, cuando yo era bailarina, más que le Belfiore, que me fui al monoblock en contrucción atrás del obrero paraguayo y ella, como buena madre hija de puta que era, me persiguió para espiarme y se cayó del andamio, porque yo en esa época tomaba cañita Legui, sí, y después licor Ocho Hermanos, que no hay nada más dañino que eso, y un día me preguntó por el hámster y yo no le entendía porque decía lmmmmm jjmmmúmmter desde la silla de ruedas, en el patio de atrás, mientras yo colgaba los pañales de su incontinencia todos percudidos lmmmmm jjmmmúmmter ¿¡el hámster!? le dije, ¿¡sabés lo que le hice a tu hámster!? ¡Lo desollé vivo! Y ahora está enterrado abajo de tu cama.
¡¡¡Lmmmmm jjmmmúmmter!!! ¡Hablá bien gangosa de mierda!, le decía yo, oficial, porque ella me lo hacía a propósito para cagarme porque yo era bailarina y peluquera y me debía a mi arte, no tenía por qué vivir así entonces, la maté, ¡sí!, ¡la maté, oficial! ¡Y no sabe qué liberación! Puse un disco de Richard Clayderman el claro de luna y bailé como la llama de una vela en un velorio.

Alejandro Urdapilleta

viernes, 23 de agosto de 2013

Like a camera

Life is like a camera. Just focus on what’s important and capture the good times, develop from the negatives and if the things don’t work out, just take another shot.

martes, 30 de julio de 2013

Deleuze

Guilles Deleuze afirma que las personas somos parte de este mundo en el cual experimentamos lo intolerable. La salida es creer no en otro mundo, sino en nuestro vínculo con el mundo: en la vida, el amor, el deseo.

jueves, 4 de julio de 2013

No hay solución para el desorden del mundo...

El malestar en la cultura, de Freud, data de 1930. “¿Por qué la guerra?” data de 1933. El psicoanálisis no aporta ninguna solución al desorden del mundo porque no hay solución para el desorden del mundo. Guerra sin fin. La escena primitiva que constituye el núcleo de la doctrina es el padre desnudo excitado y la madre desnuda penetrada por él y gimiendo bajo sus embates. El núcleo presenta entonces tres caras: la escena primitiva, el Edipo, la pulsión sexual de muerte.
Pero es la misma cara. Las tres hacen una. El hijo mata al padre que lo engendra. Eros encadena aquello que Thánatos desencadena en el interior de Eros. La pulsión sexual de muerte no define nada más que el sadismo. El mundo interno está tan en guerra como el mundo externo puede estarlo ante nuestros ojos.
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A los cincuenta años, Sigismond Freud se puso a escribir cuentos. Un día los hermanos se reunieron. Se dijeron:
–¿Por qué no matamos a nuestro padre?
Entonces lo mataron. Se lo comieron. Lo encontraron bueno. Chuparon todos los huesos. Succionaron piadosamente los sesos. El tiempo pasó, la saciedad pasó.
Curiosamente, sus maxilares les parecieron adoloridos. El “re-mordimiento” los afectó en la parte baja del rostro, de manera muy misteriosa, casi allí donde yacen, se hunden y se muestran los dientes que muerden a los Padres.
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Tras haber dejado sus monumentos, después de haber practicado la ascesis solitaria, el místico finalmente se abisma en un mundo de fe puramente interior y cuya infinitud ya no está sometida a nada.
Ese mundo no es más que un agujero negro, interno y negro, negro como una cueva de montaña, asocial, prelingüístico, extático, secreto como su origen, como la pobre fuente de la natalidad.
Aquel que cae en éxtasis, aquel que lee, aquel que pierde, aquel que ama –el verdadero amor es una relación íntima directa, también asocial, también un agujero negro, desentendido del siglo y de la mirada de los otros hombres, incluso del amado–.
Es la frase de Agustín: dios es más íntimo en mí que yo. Entonces la parte divina corresponde a la parte asocial.
Pascal Quignard. Fragmentos de Los desarzonados, que distribuye en estos días ed. El Cuenco de Plata.

lunes, 1 de julio de 2013

Carta al general Uriburu, Cárcel del Buen Pastor, julio 5 de 1931


Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido ... Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.
Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ello. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.
En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos ... y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre. Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.
General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miserable cruzo la cara con todo mi
desprecio. 

Salvadora Medina Onrubia

jueves, 6 de junio de 2013

La historia y la versión

Gershom Scholem, en su gran obra sobre la mística judía, cuenta una anécdota ingeniosa: cuando el Baal Shem Tov tenía una tarea difícil que cumplir, se dirigía a un determinado sitio en el bosque, encendía un fuego y se sumía en una plegaria silenciosa; y lo que tenía que hacer se realizaba. Una generación después, cuando el Maggid de Meseritz se vio frente a la misma tarea, se dirigió al mismo sitio en el bosque y dijo: “No sabemos encender el fuego, pero aún sabemos decir la plegaria”; y lo que tenía que hacer se realizó. Una generación más tarde, Rabbi Moshe Leib de Sassov tuvo que cumplir la misma tarea. El también fue al bosque y dijo: “Ya no sabemos encender el fuego, ya no conocemos los misterios de la plegaria, pero todavía conocemos el sitio preciso en el bosque donde eso pasaba, y debe ser suficiente”; y lo fue. Pero cuando pasó otra generación y Rabbi Israël de Rishin debió hacer frente a la misma tarea, se quedó en su casa, sentado en su sillón, y dijo: “Ya no sabemos encender el fuego, ya no sabemos decir las plegarias, tampoco conocemos ya el sitio en el bosque, pero todavía sabemos contar la historia”; y la historia que contó tuvo el mismo efecto que las prácticas de sus predecesores. 
(Gershom Scholem, Las grandes corrientes de la mística judía, Madrid, Siruela, 2012).


viernes, 19 de abril de 2013

Senectud

“- Los dos estamos heridos moralmente, pero me dijeron una vez que las cicatrices tenían un tejido mucho más fuerte y menos sensible al dolor que el que había antes de la herida. Posiblemente, las cicatrices del corazón hacen a éste más firme y más apto para resistir las penas de la existencia. Y a esto es lo que la gente llama hacerse persona mayor. Tu y yo, Ivonne, estamos, pues, en la senectud y tenemos mil años”

Mike Brown

sábado, 6 de abril de 2013

Ser o no ser

“Existen dos posibilidades: que el universo exista o que no. Podía darse una de las dos opciones. Se dio la primera. Ese es todo el sentido del universo.”

martes, 5 de marzo de 2013

Los papas saludarán en el lobby


La tía Victoria C. solía decirme de niño que el Imperio Romano de Occidente había sucumbido víctima de la homosexualidad. No usaba ese término, que para mí se asemejaba todavía a un código indecible. Los subterfugios escogidos por Victoria eran “pecado”, “actos contrarios a Dios” (¿pero los romanos eran ya cristianos?). Si ella consideraba que la elipsis no era suficiente para mi entendimiento, se rebajaba entonces a hablar de “relaciones sexuales asquerosas”. En fin, las prácticas homosexuales –y yo mismo, que ya creía desearlas– quedábamos de esa manera asociados a la clausura de una civilización, a la devastación de ciudades, dioses y razas, a fuego y tormentas.
Cada tanto ese anacronismo apocalíptico regresa sobre la prensa del mundo, a modo de tráfico amarillo de la actualidad. Y en el caso de las supuestas inquinas vaticanas que el viejo Benedicto XVI no puede administrar y por eso dicen que renuncia –un “lobby gay”, según el diario italiano La Repubblica–, el mito de la tía reaparece no tanto para develar el comercio de ciertos altos prelados que, además de lavar dinero a través del Instituto para las Obras de Religión, pagarían por pecar hasta en las sábanas de San Pedro con seminaristas que se prostituyen como chicas de almanaque, sino para ilustrar un momento histórico: supongamos (aunque cuesta suponer) que se trata del ocaso definitivo de la influencia opresiva de la Iglesia Católica en Occidente, en tanto rectora de políticas de Estado, dogmas y prácticas del yo. Quizá la Gran Amenaza del Lobby Gay no sea otra cosa que la puesta en escena, bien cursi, de aquella primera hecatombe romana que evocaba Victoria. Y las guerras intestinas entre cardenales, entre órdenes y movimientos religiosos, más o menos conservadoras, más o menos fundamentalistas, entre detractores y apologistas de la alianza gestada desde la época de Reagan y Juan Pablo II entre Estados Unidos y la Santa Sede se cifre en esa metáfora mediática del “lobby gay”, que el portavoz local cardenal Federico Lombardi desmiente todos los días, sin que con eso pueda desmentir, en cambio, que la supervivencia de la Iglesia como poder temporal en un mundo donde los dioses se han ido (salvo el mercado) necesita de un papa mucho más astuto que Benedicto, el exquisito, el agustiniano.
Lo de la sorpresa de un “lobby gay” hace gracia, claro. Sobre todo a quienes conocimos a ex seminaristas que visitaban la quinta de un obispo de voz engolada, del sur del conurbano bonaerense, siempre rodeado de secretarios y discípulos de buenos cuerpos, o a testigos de unos desfiles divertidísimos en una diócesis norteña, meta revoleo de faldas y risas maracas. Digamos que si la Iglesia fue desde el Medioevo una opositora al viejo amor cortés, a todos esos inventos culturales que buscaron enaltecer a la mujer como único objeto de deseo y veneración sensual, fue en cambio guardia y guía de las amistades particulares entre caballeros, esos curiosos lazos de afecto que se forjan en el ejército y en los seminarios. ¿Qué mejor refugio, entonces, para muchas locas en el closet, administradoras de culpas propias y ajenas, que esos claustros de la monosexualidad, donde los placeres frustrados se viven con la misma intensidad y alegría que los consumados? ¿Qué mejor iniciación en el amor pasión que la de mi amigo brasileño, que en su paso por un monasterio caterinense se hizo pareja del abad, un hombre infiel a quien descubrió acostado tiempo después con otro seminarista, y esa traición determinó su fuga, incluso de la vocación sacerdotal?
En fin, que también hay muestreos sobre orientaciones sexuales en la Iglesia. Ahí está el libro del español Pepe Rodríguez, La vida sexual del clero, donde refiere un estudio propio sobre los curas españoles: “Un 20 por ciento realiza prácticas de carácter homosexual y un 12 por ciento es exclusivamente homosexual”, concluye. No sé si esta cifra sería una señal crepuscular suficiente para que mi tía acreditase otra caída de Roma, pero dudo de que alguna vez haya sido distinto. Por eso, cuando se habla de “lobby gay” como de una especie de hermandad secreta dentro de una institución donde las prácticas homosexuales son vox populi, nadie explica muy bien en qué consistiría realmente esa hermandad, en qué modifica o modificó el status quo del Vaticano y sus posiciones doctrinarias sobre, por ejemplo, los otros homosexuales o sobre el matrimonio igualitario. Eso sí, estimula el morbo popular que el gentiluomo papal Angelo Balducci, presidente del Consejo Nacional Italiano de Obras Públicas, contrate a un miembro nigeriano del Coro Sacrosanto los servicios sexuales de un ascendente seminarista, que “mide dos metros, pesa 97 kilos, tiene 33 años y es completamente activo”, según se oyó en una escucha telefónica (me apuro a confesar que comparto los gustos del gentiluomo Balducci).

EL LOBBY CONSERVADOR

El “lobby gay” que –dice la prensa italiana– acecha a Benedicto XVI no sería entonces sino una configuración paranoica, de muy antigua data, como la que sirvió a Hitler en su momento para sacarse de encima a Ernst Röhm, su viejo amigo devenido rival, líder de las S. A., esa facción partidaria que había radicalizado la crítica anticapitalista dentro del nazismo, además de reclamar la derogación de las leyes contra la sodomía. La paranoia, más que fantasmas, produce vivos. En el cónclave papal de marzo los debates culturales y políticos globales más modernos seguramente se salden a favor de la mayoría conservadora, una vez más. Según leo en su página web, los Cristianos Gays no son nada optimistas. De aquellos que buscan mantener su influencia ideológica, las santas alianzas y sus convicciones bancarias saldrá –temen– el falso brazo purificador que busque recuperar para la Iglesia la Eterna Orden del Secreto, herida por el chismerío de los Vatileaks. Entre esos cardenales –el lobby más eficiente, el conservador– afincados en el pensamiento antisexual, aunque no en las prácticas, habrá seguro varias locas, como siempre. Las cardenalas Guardianas del Dogma saben mejor que nadie que, a pesar de ser sujetos de compasión cristiana, a las locas mejor tenernos a raya. A fin de cuentas, ellas llegaron a la institución a vivir su juventud sin las sospechas que encienden las solterías mundanas. Compensando la culpa de su deseo con las confesiones de rutina, el celibato heterosexual con las facilidades homosexuales, el negocio a menudo les salió redondo. Si llegaban lejos en la carrera divina, había que ser inteligente a la hora de elegir el bando ideológico. Cuando el ex obispo de Santiago del Estero, Juan Carlos Maccarone, cayó en la trampa de un chonguito que divulgó un video donde los dos eran protagonistas, se dijo que el poder político mafioso le estaba cobrando su irritante progresismo.
Leonardo Boff, el teólogo de la liberación brasileño que Joseph Ratzinger persiguió desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, anhela un nuevo papa que represente al Jesús que dijo: “Si alguien viene a mí, no lo echaré afuera”. Pero a los electores del Cónclave, el 10 por ciento son cardenales yanquis, esa cita les suena a chantaje sentimental. Ya en la Iglesia les dimos suficiente cobijo a las locas, dirán los píos monseñores a la prensa, y miren qué lobby nos han armado.

jueves, 21 de febrero de 2013

La muerte ya no existe

Por Luis Guerrero Martínez


La muerte de Iván Ilich, escrita por León Tolstoi en 1886, es una obra paradigmática sobre la muerte como situación límite; sobre el drama del sentido de la vida ante la cercanía de la muerte. La novela presenta la historia de una persona que encarna el estilo de vida y los parámetros existenciales de muchas personas, los cuales son bruscamente cuestionados por la enfermedad y la proximidad de la muerte. La lectura de La muerte de Iván Ilich puede hacerse en tres niveles superpuestos. El primero es el nivel de la crítica social, que Tolstoi propone en la mayor parte de su obra. En el caso de La muerte..., la crítica recorre dos caminos; el primero es el de la insensibilidad social ante la muerte de los demás, y el otro es el de la vida de una persona que refleja el vacío al que habitúan los convencionalismos sociales. Pero hay un segundo nivel, el del recorrido existencial ante la proximidad de la muerte. El relato abarca los últimos meses de la vida de Iván Ilich, y Tolstoi acentúa el drama al establecer un doble contraste: por una parte, presenta a una persona que se apaga mientras recuerda los momentos en que gozaba de salud, éxito y riquezas; por otra, confronta su padecimiento con la indiferencia de su esposa, sus hijos, los médicos, colegas.
El tercer nivel corresponde al último pensamiento de Iván: “Ha terminado la muerte. Ya no existe”. Este nivel se articula con lo que formularía Ludwig Wittgenstein en Tractatus Logico-Philosophicus: “La muerte no es un ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”. En este nivel –en el que está presente un sentimiento de extrañeza– hay una propuesta muy del estilo de Tolstoi en relación con el significado de la muerte.
El dramatismo existencial con el que Iván Ilich vive la proximidad de su muerte tiene un contrapunto, que lo acentúa, cuando Tolstoi expone la trivialidad con la que se enfrenta la muerte de los demás. Heidegger mencionaba que la muerte de otro puede ser ocasión para reflexionar sobre el carácter temporal del ser humano, pero a menudo la muerte de otra persona se convierte en un acontecimiento que despierta el morbo: ¿cómo fue su muerte?, ¿cuántos hijos deja?, ¿qué va a ser de su mujer? En el relato de Tolstoi, las cavilaciones de otros están dirigidas a las vacantes laborales que el fallecimiento de Iván Ilich producirá. Y una parte del contexto de estas reacciones es el de los convencionalismos fúnebres, que Tolstoi deja al descubierto.
En cualquier caso, hay una tendencia natural a evadir la muerte de otra persona como algo que nos concierna, al fin y al cabo el que se muere es otro. “Aparte de las reflexiones sobre posibles nombramientos y cambios en el servicio, que podría traer consigo ese fallecimiento, el hecho mismo de la muerte de un conocido provocó en cuantos recibieron la noticia, según ocurre siempre, un sentimiento de alegría, porque había muerto otro y no ellos”, se lee en La muerte de Iván Ilich. Karl Jaspers explica este fenómeno de distanciamiento hacia la muerte de la siguiente manera: “El hombre que sabe que ha de morir considera este acontecimiento como una expectación para un indeterminado punto del tiempo; pero, en tanto que la muerte no desempeña para él otro papel que tener cuidado de evitarla, la muerte sigue sin ser para el hombre una situación límite”.
Inclusive el sepelio resulta para los amigos de Iván una obligación fastidiosa: no saben qué hacer ni qué decir, e interrumpe rutinas y compromisos sociales más agradables. La actitud de la esposa en el velorio se resume en guardar las apariencias, ya que la principal preocupación que tiene en mente no es la muerte de su esposo sino el futuro de ella; en especial, le preocupa la forma de obtener todo el dinero posible de los seguros de vida. Pero la crítica de Tolstoi va mucho más allá, en el recorrido que hace por la vida de Iván, en especial sus últimos meses. A Iván Illich lo enfadan los rituales y la hipocresía de los médicos, quienes no atinan a hacer un diagnóstico ni a dar un remedio y, sin embargo, conservan la falsa actitud de tenerlo todo bajo control y se dan aires de importancia, como si de ellos dependiera la vida del paciente. A esto se suma la molesta simplificación que los demás personajes hacen de los sufrimientos de Iván, ya que para ellos la cuestión es que el enfermo no sigue al pie de la letra las indicaciones médicas.
El derrumbe espiritual de Iván está motivado, en primer lugar, por los dolores que experimenta, como señales de que su muerte está próxima, pero también por la indiferencia de los demás ante sus padecimientos. La convicción de que se está muriendo y que a nadie le importa se traduce en una enorme soledad. “Los que lo rodeaban no lo comprendían o no querían comprenderlo, y pensaban que todo seguía igual que siempre. Eso era lo que más hacía sufrir a Iván Ilich.” En especial es sensible a la soledad que le resulta de la indiferencia de su familia; para su esposa y su hija, la enfermedad, las quejas, los cuidados que requiere Iván son molestos, en la medida que alteran su vida diaria. Acerca de la soledad, uno de los fragmentos más dramáticos es el que describe la actitud de la hija: al volver de un médico, Iván empieza a contarle a su mujer lo que le dijo el doctor cuando “entró su hija, con el sombrero puesto: se disponía a salir con Praskovia Fiodorovna [su madre]. Hizo un esfuerzo para sentarse a escuchar las palabras aburridas de Iván Ilich; pero no pudo resistirlas hasta el final, ni la madre tampoco”. Para la hija, fuerte, sana y enamorada, la enfermedad de su padre es irritante porque estorba su felicidad. Por su parte, Iván quiere que alguien lo compadezca y le tenga lástima, la que se le tiene a un niño enfermo.

Revelación de la vida

El contraste entre la vida ordinaria que la sociedad impone y el drama de una vida que se apaga se manifiesta en la soledad de Iván Ilich. Gracias a la recreación de este sentimiento por Tolstoi es posible comprender la trampa que suele constituir el rejuego de la vida y de la muerte.
El miedo a la muerte no es sino una proyección del deseo de vivir y suele encerrar la trágica paradoja de que, en tanto cercena los impulsos de la vida, se dejan de asumir los riesgos que ésta incluye. De esta forma, al protegernos de la muerte imposibilitamos el desarrollo de la vida. En esta paradoja, la sociedad y los estereotipos culturales favorecen el adormecimiento de la vida. En la sociedad es muy fácil protegerse, al menos en apariencia, de los peligros de la vida, pero esa protección tiene un costo: la vitalidad cede ante los parámetros y convencionalismos sociales. Soren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche coincidieron en este punto. Para ambos existe un peligro mayor que el de la muerte: la pérdida del yo por miedo a la vida o, en otras palabras, por la comodidad que produce ser uno más en la sociedad.
Kierkegaard, en La enfermedad mortal, lo expresa de la siguiente manera: “Todo ser humano en su estructura primitiva está natural y cuidadosamente dispuesto para ser un yo, por lo que no debe, de ninguna manera, renunciar a ser sí mismo por miedo a los hombres. Sin embargo, con tanto mirar a la muchedumbre de los hombres en torno suyo, con tanto ajetreo en toda clase de negocios mundanos, con tanto afán por llegar a ser prudente en el conocimiento de la marcha de todas las cosas en el mundo, el yo va olvidándose de sí mismo, sin atreverse ya a tener fe en sí mismo, pues es infinitamente mucho más fácil y seguro ser como los demás, es decir, un mono de imitación, un número en medio de la multitud.”
Nietzsche insiste en esta misma idea a lo largo de su obra. En Schopenhauer como educador, afirma lo siguiente: “En el fondo todo hombre sabe muy bien que sólo está una vez, en cuanto ejemplar único, sobre la Tierra. Lo sabe, pero lo esconde, como si se tratara de un remordimiento de conciencia. ¿Por qué? Por miedo al vecino, que exige el convencionalismo y se oculta tras él. Pero ¿qué es lo que lleva al individuo a temer a su vecino, a pensar y obrar con el rebaño y a no estar contento de sí mismo? En algunos, pocos y raros, tal vez el pudor. En los más, la comodidad, la inercia, en una palabra, la tendencia a la pereza”.
En el ámbito literario, Saint-Exupéry retoma muchas veces esta misma idea; baste recordar el siguiente pasaje de Tierra de hombres: “Viejo burócrata, has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como lo hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como una bola en tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los ritos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante, no planteas preguntas sin respuesta. Nadie te ha sacudido por los hombros cuando aún era tiempo. Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al músico dormido, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio”.
La muerte de Iván Ilich está en la misma línea reflexiva. Tolstoi relata la vida de Iván Ilich como muy afianzada en los estereotipos sociales: la profesión, los éxitos laborales, el status social que ha adquirido, la influencia que ha logrado, el ajetreo diario de un hombre citadino en la Rusia decimonónica. Pero la aparente seguridad ante la vida encierra un contrasentido. En un primer momento, a Iván Ilich le aterroriza la posibilidad de la muerte, sobre todo porque se siente cómodamente instalado en la vida: “El ejemplo del silogismo que había aprendido en la lógica de Kiseveter: ‘Cayo es un hombre; los hombres son mortales. Por tanto, Cayo es mortal’, le parecía aplicable solamente a Cayo, pero de ningún modo a sí mismo. Cayo era un hombre como todos, y eso era perfectamente justo; pero él no era Cayo, no era un hombre como todos, sino que siempre había sido completamente distinto de los demás”.
Su estilo de vida constituye un bien preciado del que la muerte puede despojarlo súbitamente, pero es confrontado por la enfermedad y la proximidad de la muerte. En los pocos meses que transcurren desde los primeros síntomas de la enfermedad hasta su fallecimiento, Iván Ilich va cobrando conciencia del sinsentido de su vida, se va gestando paulatinamente en él una transformación, de tal suerte que hacia el final de su enfermedad lo que le angustia de la muerte ya no es la pérdida de sus éxitos y sus comodidades, sino el vacío de su propia vida; se siente incapaz de morir sin haber vivido, no quiere morir teniendo una fuerte deuda con la vida. “Luchaba por volver a sus ideas de antes, aquellas ideas que le ocultaban la de la muerte. Pero cosa rara: lo que antes velaba, ocultaba y destruía la conciencia de la muerte no producía ahora el mismo efecto.”
Finalmente comprende que aquellas cosas que no quería perder habían constituido durante gran parte de su existencia el medio para perder su vida. Paradójicamente, lo que constituía su seguridad ante la vida había sido su ruina. El último día de su vida, Iván acepta su situación: “Su carrera, su modo de vivir, su familia y aquellos intereses de la sociedad y del servicio, todo podía haber sido distinto de lo que debía ser. Trató de defender todo aquello ante sí mismo. Súbitamente, se dio cuenta de la inconsistencia de lo que defendía; y ya no quedó nada por defender”.
La novela concluye con dos párrafos que en una primera lectura parecen desconcertantes. “‘¿Y el dolor?’, se preguntó. ‘¿Qué hago con él? ¿Dónde estás, dolor?’.” Minutos después, en los últimos instantes de su vida, se dice: “Ha terminado la muerte. Ya no existe”. Lo que hasta un día antes había atormentado a Iván desapareció súbitamente. La misma narración nos muestra dos motivos detrás del acontecimiento. El primero tiene que ver con la clara conciencia y aceptación de que los parámetros que habían guiado la vida de Iván eran equivocados. En este sentido, el miedo a la muerte como sujeción a esos parámetros ya no tenía cabida, y entonces tampoco tenía ya sentido el miedo a la muerte que lo atormentaba. El segundo motivo y tal vez el más fuerte es la conciencia de que aún hay tiempo de corregir; la convicción de que aún es posible hacer algo por los demás, al menos para no causarles daño y liberarlos de los sufrimientos que su situación les provoca. En ambos sentidos, los últimos pensamientos de Iván atestiguan la convicción de Tolstoi de que la muerte que se teme es la misma muerte que impide la vida y la convierte en vacío.

domingo, 20 de enero de 2013

Cerro Uritorco

El Uritorco (uritu urqu = "cerro de los loros" en quichua santiagueño) es un cerro de 1949 msnm en el centro de la Argentina, situado en el norte del Valle de Punilla, próximo a Capilla del Monte, en la provincia de Córdoba, accesible por las rutas RN 38 y provincial 17. Su cumbre es la máxima elevación de la Sierras Chicas, llamada antiguamente Viarava. Es considerada la sexta Maravilla Natural de Córdoba.