martes 9 de febrero de 2010

Hay que ser realmente idiota para...

Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.
Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.


Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

Julio Cortázar

sábado 6 de febrero de 2010

Something Wonderful/Being Alive


Barbra Streisand - Something Wonderful/Being Alive

Angelina Scarangella | Videos musicales de MySpace

sábado 30 de enero de 2010

Estas pasiones violentas...


"Estas pasiones violentas tienen finales violentos.

Y en su triunfo mueren como fuego y pólvora que, al besarse,

se consumen..."

miércoles 27 de enero de 2010

Haití: La Maldición Blanca. Eduardo Galeano.

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Préval.


Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor.


Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.


Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones.


Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.


Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.


Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del África.


El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos. De la maldición blanca, no se habló.


La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: –¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? El anterior. Pues, que se restablezca–. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte.


A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.


A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar. En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.


En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York.


El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho.


No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia.


Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.


Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe. Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras.


País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios. Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.


En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes. En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares. Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

Fuente: Argenpress

jueves 21 de enero de 2010

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martes 19 de enero de 2010

Estupor y temblores

"Desde tiempos inmemoriales los humildes han dedicado sus vidas a realidades que los superan: en otros tiempos, podían por lo menos entrever alguna causa mística en semejante estropicio. Ahora, yo no podían ilusionarse. Entregaban su existencia a cambio de nada".

Amelie Nothomb

sábado 9 de enero de 2010

All the things you are



jueves 24 de diciembre de 2009

If you have no...

...If you have no voice,

SCREAM;

...If you have no legs,

RUN;

...If you have no hope,

INVENT.

miércoles 23 de diciembre de 2009

Raconto

Aggiornándose a la moda habitual que se impone en estas fechas, qué mejor manera de terminar el año que recordando algo de lo transitado. Circunscribiendo ese tránsito a lo sucedido aquí, comienzo con uno de los comenarios que fueron acercando a distintos posteos.

Este es un comentario de "Vicky" realizado en "La insoportable virtualidad del ser"

Anónimo dijo...Leí con atención tu post y los comentarios, en medio de una búsqueda para mi tesis. No se si vale la aclaración, pero desde el punto de vista del deseo (wunsch) siempre nos remite a una evocación de las primeras percepciones, un reestablecimiento. Desde la teoria psi de Freud, deseo y necesidad van separados, por tanto mucho de lo que se ve en la web pasa mas por la necesidad interna para procurarse el objeto adecuado, cuando en cambio el deseo se dirige primariamente a la producción alucinatoria de esos signos que representan “esa satisfacción” Lacan habla del lenguaje que en estrecha relación del deseo y la fantasia, se articula en palabra, lo trae a la existencia.En esta época cibernética, vemos como se construyen relaciones “aleatorias” sobre la base de la falta lacaniana, sobre le deseo del otro: este rasgo universal del deseo es especialmente evidente en la histeria: histérico es alguien que sostiene el deseo de otra persona que convierte el deseo de otro en el suyo propio. Es interesante analizar como se define en la actualidad lo real y lo virtual, no ya desde el diccionario, sino como lo definimos nosotros y como conformamos nuestra subjetividad, como aceptamos relaciones como reales que de hecho no lo son, pero si lo son aceptadas socialmente a pesar de tener solo una existencia efímera y aparente, y nos posicionamos al punto de reconocernos como metáforas de otra gente. Pienso que la vida virtual es un escapismo, es un síntoma de soledad, de no compromiso, de no contacto, de un permitirnos y permitir una nueva forma de relación sin compromiso y con el agregado de los permisos para mentir acerca de nosotros mismos y construirnos un personaje que peguen mas acordes con los ideales de belleza, cultura, liberación y superación pero que en definitiva lo único que hace es poner distancia entre los cuerpos, la única relación que son capaces de sostener esos seres llamados a encuentros consigo mismo, dentro de ese mundo virtual donde el exhibicionismo no hace mas que diluir la frontera entre lo privado y lo público, de la misma forma en que se están diluyendo las dicotomías fundacionales, donde nada es como se muestra y donde no se trata de descubrir el “objeto del deseo, ese obscuro” sino el lugar desde donde se desea. En este mundo donde la oferta es tan amplia como la demanda, (por lo tanto a la señorita que exige garantía deberían contestarle que la única garantía es el cambio de un deseo por el siguiente) haríamos muy bien y seria sano que estos benditos monitores; como leí en un articulo, “no nos hagan olvidar los placeres de los cuerpos que se tocan, que se acarician, que se besan, que copulan y que se emocionan y que se emocionan en un largo abrazo”
Bien por vos, bien por ayudar a la reflexión de quienes te siguen.
Saludos
Vicky

Uno de enero de Petitapetitesa en Vegetal II

petitapetitesa dijo...
No se si voy a ser capaz de explicarme. Hablar de sensaciones y sentimientos es de si, ya bastante complejo, y con la facilidad innata que tengo para enredarme, puede ser una empresa harto difícil.

Me gustan los poemas que se sienten, los que salpican, los húmedos, los ardientes, también me gustan los poemas fríos como el hielo, los que arañan, los que dejan huella en la piel, los que despiertan el deseo, los poemas que hacen soñar, los que se clavan y dejan heridas, me gustan sobre todo, los poemas que hacen brillar los ojos, que no dejan salir el aire de los pulmones,los que son como un estallido en el estomago, los que te dejan sin pulso y sin aliento, los que te dejan rendido y hundido, los que aprietan tanto el corazón que sientes que te va a estallar, los poemas sucios, los prohibidos, los pecaminosos, los rebeldes, los raros, los estrafalarios, los poemas que tienen olor, sabor, los que me recuerdan a alguien, los que disparan certeros como balas, los que son puro sexo sin más, los cortos, los largos, los que esconden algo y los que lo enseñan todo…

Buuuffff!!! Te dije que me enredaba con facilidad…. y lo único que quería decir, es que el poema que has publicado, me gusta, es de los que metes en la boca, y se enreda con la saliva y durante un buen rato, sigues notando su sabor en la lengua.

En cuanto a la foto, confesare que robe la primera, y esta segunda ha seguido el mismo camino.

Besos (con la boca llena de tu poema)


Aquí, un extenso diálogo (con intervenciones) en "Inner..."


petitapetitesa dijo...

Exterior…

Piel

Esta noche
Buscaré los detonantes
De tus explosiones interiores
Sobre tu piel minada
De atentados sorpresivos
Uno a uno los buscaré
Uno a uno los estallaré
Hasta llegar al éxtasis
De la destrucción total…

Néstor Martínez

Besos (al gusto)

7 de febrero de 2009 12:02:00 GMT-02:00


AndyPeCas dijo...

La piel de no rozarla con la piel,
se va agrietando.
Los labios de no tocarlos con los labios,
se van secando.
Los ojos de no cruzarlos con los ojos,
se van cerrando.
El cuerpo de no sentirlo con el cuerpo,
se va olvidando.
El alma de no entregarla con el alma,
se va muriendo.



Autor: Bertol Brecht

Es una especie de regalo para vos y un triste espejo para mi...

7 de febrero de 2009 20:46:00 GMT-02:00

Anónimo dijo...

Hermoso poema del autor español, pero me queda una amarga sensación por el comentario anterior, en que espejo triste se esta mirando esa niña. Para ella, uno mas de Hierro:

LLEGUÉ POR EL DOLOR A LA ALEGRÍA (1947)

Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
( Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

Joan

9 de febrero de 2009 18:23:00 GMT-02:00

petitapetitesa dijo...

Espero que no te importe que te conteste en tu casa; el problema de este tipo de comunicación, es que no existe comunicación, tu escribes, y yo se supone que debo contestar, pero ahí acaba todo, siempre el que contesta desde su casa, parece que dice la ultima palabra, y eso, me pone de los nervios, ese es el motivo, por el que últimamente me resisto a contestar a nadie, me gusta hablar, pero no con las paredes.

Mientras que si te contesto en tu casa, serás un caballero y me contestaras, y después de eso yo me tomare la libertad de hacer una replica…y la conversación será, minimamente más fluida, de la otra manera, me queda siempre la sensación de algo inacabado.

Y después del rollazo… lo que quería decir, es, que reconozco que me importa un pito lo que digan los demás de mí, dejando claro que los demás son aquellos que me importan un pito. En cuanto a los otros, los que me importan, se que lo que digan de mi, me lo dirán también “a mi”.

Hace tiempo, que dejo de importarme lo que la gente piense o diga de mi persona, y creeme, se siente uno más ligero.

Besos (pensando en la replica)

9 de febrero de 2009 21:45:00 GMT-02:00


JoP dijo...

El problema del lenguaje escrito es que cuando escribís algo suponiendo que en el texto plasmado esta también plasmada la idea clara de lo que has pensado e intentado expresar, resulta que cuando se lee, el otro puede entender algo diferente. En el lenguaje hablado siempre esta la posibilidad de la aclaración inmediata, la rectificación o ratificación de la idea; del intercambio más fluido.
Mucho más complicado se hace cuando tenés que recurrir a estos artificios de dejar un comentario en un blog y quedarte con la duda de si será leído y sobre todo de cómo será leído.
Por lo tanto, me parece bien que me respondas aquí o en cualquier otro lado.
Cuando escribí el comentario que ahora respondés, no me refería a lo que los otros piensan de uno, digamos en términos perjuiciosos (a lo doña Rosa, digamos, se entiende?), sino a lo que REPRESENTAMOS, para los otros. Es decir, aquello en lo que realmente nos transformamos para los otros (esos otros que sí te importan... Claro que los que te importan un pito, ni siquiera son problema). Incluso creo que el comentario iba más allá y me refería a la representación de objeto amoroso que tenemos y encarnamos para los otros. Eso es la roca inaccesible a la que me refería allí. Uno tiene una idea de uno y cree que el otro (el significativo) la recibe tal cual uno la siente y, sin embargo, muchas veces no es así. Muchas veces nos queda la duda respecto al lugar que ocupamos en su esfera representacional afectiva.

Espero poder haber sido más claro ahora.
No sabés lo que daría por poder hacerte llegar mi correo electrónico o poder tener el tuyo para poder así intentar una comunicación un poco más directa.
Me encanta charlar contigo, sobre todo por el calor que le insuflas a las palabras.

Besos (pensando el la réplica)

10 de febrero de 2009 0:30:00 GMT-02:00

petitapetitesa dijo...

Si de lenguaje escrito hablamos, me gusta la poesía, (La que me gusta) porque no se anda con rodeos, es tan directa como una mirada que no necesita de las palabras.

Es concreta, escueta, y en la mayoría de los casos, desprovista de artificios (La que me gusta, claro). La prosa es diferente, se presta a interpretar, a divagar, a sacar conclusiones; en la poesía (Insisto, la que me gusta), no hay rincones ocultos, lo que lees es lo que hay.

Me parece más excitante, que el poeta diga, “te deseo con hambre”, que un folio lleno de florituras y artificios, y no solo más excitante, también más verdad.

En cuanto a la interpretación que los demás hacen de nosotros a través de la palabra escrita, es algo mucho más complejo, y que no acabo de tener claro; pensare sobre ello.


En el perfil de usuario de mi blog, hay pocos datos, pero si mi correo electrónico.


Besos (escritos, y sin rincones ocultos)

10 de febrero de 2009 15:48:00 GMT-02:00


JoP dijo...

Yo, sin embargo, prefiero la prosa. Tal vez por alguna predispoción personal la prefiero. Pero que no se diga que no hay poesía en la prosa.
Seguiremos pensando juntos.

Besos (escritos, que siempre retornan y sin vértices ocultos)

11 de febrero de 2009 8:08:00 GMT-02:00

petitapetitesa dijo...

Solo una cosa más… estuve pensando en lo que dijiste, acerca de ser reconocibles para los demás a través de las palabras (escritas).

Supongo, que escribir a alguien, es como la fotografía, uno ve a través del objetivo lo que quiere plasmar, el problema reside, en que lo que vemos, acabe plasmado tal y como pretendemos.
Existe algo, más terrible, impactante, bello, vació, simple, complejo, anodino… que una imagen, y solo plasma un instante, un momento, quizás no describa al fotógrafo, puede ser que no sepamos exactamente como es el viendo la fotografía, pero lo que si que tengo claro, es que sabemos exactamente como no es, por eso yo, me quedo con aquello que no son las personas, que para saber como son, siempre hay tiempo.

Me gusta mucho la prosa, lo que pretendía decir con el ejemplo de la poesía, es, que existe un tipo de comunicación escrita, que utiliza las palabras de forma tan directa, que el mensaje es terriblemente claro, y no hay posibilidad de que se transforme por el camino, y no por el hecho de ser concreto y conciso, pierde matices, al contrario, según mi opinión los gana, creo que es lo más parecido al lenguaje físico.

Y para poesía, la prosa de Cortazar.

Y para no repetirme, date por besado (de tenerte confianza, te mandaría el capitulo 7 (-8) de rayuela)

11 de febrero de 2009 15:37:00 GMT-02:00


AndyPeCas dijo...

Ey, ustedes dos!

Más recato que acá los estamos viendo todos!!!!

11 de febrero de 2009 21:37:00 GMT-02:00


JoP dijo...

AndyPecas: Joan dejó aquí, en su preocupación por tu lastimero comentario final a la poesía que transcribiste, otra para vos... Mirá si tenes para entretenerte....


Petit:

Es que precisamente el problema reside en que en lo que vemos termina plasmado lo que pretendemos, o por lo menos lo que "podemos" ver. Afirmar la posibilidad de lo contrario, sería negar la subjetividad. Si existe una realidad; esa es la realidad psíquica. No existe otra posibilidad para los humanos.

Pero me gustó eso de quedarse con lo que las personas "no" son. Coincido en esa idea. Una podría ir construyendo un concepto de alguien por la negativa, en función de lo que no tiene o lo que no es. Probablemente un camino posible. Para saber quién es alguien, se necesitaría muchísimo tiempo y tal vez, nunca se podría lograr tal cometido puesto que no existe inmutabilidad sino modificaciones y evoluciones constantes.
Pensaba que el centro de todo esto, y quizás del arte en general, reside en la posibilidad de lograr transmitir algo tal y como el artista lo pensó y lo imaginó. Si eso se logra, se logra mucho. (Pero también ha venido Umberto Eco a decirnos que toda obra es una obra abierta y nos patea el tablero...)

De todos modos creo que todo se recoge en los fragmentos, a veces aislados, otras no tanto.
La obra habla en parte del artista. Beethoven era un tipo de un carácter terrible e insoportable en su vida cotidiana, sin embargo escribió, por nombrar solo algunas, la quinta sinfonía, la novena y cuarteto 132. Podría decirse que ellas dicen algo de él que en lo cotidiano permanecía oculto o ausente y que en el fondo nos representa a todos en ellas. Este ejemplo podría extenderse al infinito...

En cuanto a la alusión al lenguaje físico, pienso que allí reside el lugar de las grandes verdades.
Sostento que uno puede, por ejemplo, mentir con palabras, de hecho en las palabras reside la posibilidad del engaño, pero es casi imposible mentir con el cuerpo.

Besos (me doy por besado y por recibidos, a pesar de la falta de confianza, los capítulos de Rayuela)


MAMI, en "Santino's dream"


MAMI dijo...

Jop, no entiendo porque le has puesto la música de ET. Aunque seguro que tienes una buena razón.
A mi me recuerda la inocencia, la pureza y la indefección de los bebes, he tenido dos, a lo mejor es éso lo que quieres simbolizar, como matamos la inocencia de un plumazo, como desvirtuamos la pureza con nuestras enseñanzas.
Aunque si te refieres a los sueños, ellos nos hacen sentirnos vivos, besar lo inalcanzable, besar los prohibido, besar en la lejanía.
Besos jop, besos su.
Me encanta la foto.


Petitapetitesa en "Hay días..."

petitapetitesa dijo...

Estoy totalmente de acuerdo contigo en la posibilidad de incordio que poseen las palabras, no solo posibilidad, verdad absoluta. En muchas ocasiones parecen tener vida propia decidiendo por su cuenta crear mal entendidos, conflictos, equívocos, suspicacias…pero también son capaces de crear acuerdos, lazos, equívocos de los buenos, sonrisas, risas, belleza…

Porque volviendo al tema del silencio, es cierto que puede haber comunicación sin palabras, y el silencio como tal, es de una estridencia mayúscula.
La música, la pintura, la fotografía, la danza… las artes plásticas en general comunican sin palabras. Y a nivel personal, la piel, las miradas, las sonrisas todo esto también comunica y mucho, sin necesidad de la palabra dicha. Pero no podemos ir por la vida (no porque no fuese bueno, no) comunicándonos con estas formas (las no habladas) a nivel general o en la distancia, porque no seriamos capaces de hacernos entender.


Creo, y eso encuentro en muchos textos, (el que ilustra este post es un ejemplo) que hay personas que eligen las palabras, como los músicos las notas, o los pintores los colores. De la misma manera que algunas personas son capaces, con el tacto, las miradas o las sonrisas comunicar cosas que trascienden de las palabras, hay personas capaces de crear con las palabras, paisajes de sensaciones únicos.


Aquí, haré un inciso, para decir que me encanto tu incordio semantico, me da la posibilidad de hablar sobre el tema, que me interesa y mucho.

En cuanto ¿quien traviesa a quien? Como yo no soy nada racional, creo que hay velos que matan más que puñales.

Como podrás comprobar, soy la primera que no le hace ningún caso al proverbio árabe, a este, porque hay uno en especial que me gusta mucho:

"Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación."

Y para que veas lo poco, poco racional que soy, también me gusta y mucho esta cita:

“Puedes acariciar a la gente con palabras”.
Francis Scott Fitzgerald

Besos (ignoraba que estabas en tu casa virtual con el único propósito de besar (lo has dicho tu) (El incordio de las palabras), de haberlo sabido, cada vez que he necesitado uno habría pasado por aquí)

domingo 20 de diciembre de 2009

Perdernos...

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, en un rumor y un símbolo,

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tarde una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Jorge Luis Borges