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viernes, 23 de mayo de 2008

Ligustros en Flor. Lugar. Juan José Saer.

Observé largamente mis pies esta noche, y me parecieron más misteriosos que el universo entero. Con ellos, hace algunos años, anduve caminando durante dos horas y cincuenta y cuatro minutos por el suelo polvoriento de la luna. Fue mi segunda misión por esos lados, aunque la primera consistió solamente en un vuelo de circunvalación; unas pocas revoluciones en la órbita lunar, y hasta más ver: de vuelta a casa.
En la segunda expedición, donde Brown y yo alunizamos realmente (Andy Wood nos esperaba girando en órbita en el módulo principal de la nave), el paseo duró un poco más, pero un desperfecto en las cámaras de televisión, semejante al que se produjo cuando la expedición Apolo 12, rebajó el alcance del acontecimiento, y nos ocurrió a nosotros lo mismo que al alunizaje de esa expedición, que por no existir en imagen, se desvaneció también en la realidad y cayó en el más completo olvido. De la expedición Challenger 3, que tuve el honor de dirigir, la indiferencia del público y un olvido casi inmediato fueron el único resultado desalentador, lo que en mi fuero íntimo consideré altamente satisfactorio, porque ya desde antes de haber dado mi paseo por la luna, había decidido que al volver me retiraría para siempre de mi oficio de astronauta. Y hoy por hoy nada me impide considerar como mío el curioso pensamiento de un discutido filósofo austríaco: "¿Puedo siquiera considerar seriamente la mera hipótesis de haber estado alguna vez en la luna?".
El tedio, que desde luego considero más temible que los supuestos peligros desconocidos que acechan al explorador del espacio, fue la causa principal de mi retiro anticipado al que, después de nuestro fiasco, habría que agregar mi negativa a persistir en el ridículo, ya que no podría dársele otro nombre al hecho de que nuestra expedición, concebida con fines de propaganda, a causa de unas cámaras defectuosas, pasó prácticamente desapercibida para el público mundial. Cuando mis superiores me informaron de que nuestra misión principal, a la que debíamos subordinar imperativamente todas las otras, consistía en clavar en la superficie de la luna y en directo para varios miles de millones de espectadores la bandera de nuestro país, supe de inmediato que acababa de confirmarse la sospecha que venía persiguiéndome desde tiempo atrás: todos los miembros del programa espacial, desde el director general hasta la señora de la limpieza, estaban locos.
Brown debía pensar lo mismo, pero aunque nos estimábamos y confiábamos uno en el otro, me hubiese resultado difícil desmantelar su prudencia que, aparte de la rebelión, es en nuestro país la única arma de que disponen para sobrevivir los miembros de su raza. Probablemente también él, aunque no lo dijese, estaba cansado de ser, de los proyectiles que se lanzan en esas insensatas experiencias de balística que llaman programa espacial, la munición que va adentro. Mientras lo observaba puntear con su palita el suelo ajeno de la luna, como la tierra en que sus antepasados vienen haciéndolo desde hace siglos, no podía dejar de preguntarme en qué momento iba a tirar la pala lo más lejos posible dando fin con ese acto significativo a su carrera de astronauta.
Como lo demuestro en mi estudio inédito Interés comercial y militar de la conquista del espacio 95 por ciento; interés científico 4,95 por ciento; interés filosófico 0,05 por ciento, de esos tres aspectos es evidente que es el científico el que puede reivindicar para sí mismo con justicia el colmo del ridículo. El filosófico es inexistente, y el financiero y político-militar, por rastrero que sea, parece corresponder mejor al verdadero nivel moral de la humanidad: y no tengo escrúpulos en escribir lo que antecede, aunque sé que los que creen conocerme a fondo, piensan de mí que, desde que volví de la luna, como si habiendo contemplado a los hombres desde tan arriba hubiese descubierto su tamaño verdadero, he caí-do en la misantropía.
Para nada: lo que pasa es que allá arriba —adverbio que por otra parte únicamente para nuestra situación singular tiene algún sentido— las sospechas se vuelven, de una vez por todas, evidencia. Cualquiera sabe que el universo es un fenómeno casual que, aunque desde nuestro punto de vista parezca estable, en lo absoluto no es más que un torbellino incandescente y efímero, de modo que allá arriba no es en ese sentido que la evidencia se presenta. Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite. Y si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia. No cabe duda de que sabemos un poco más de nosotros mismos cuando, dejando nuestro pueblo natal, vamos a una gran ciudad, y después a otro continente, donde los hombres son un poco diferentes de nosotros, por sus rasgos exteriores, su religión, sus costumbres, pero ese poco más que sabemos no modifica para nada la cantidad de nuestro saber, en relación con lo que ignoramos, y esto no es una reflexión moral sino un simple cómputo. De modo que el provecho científico de nuestras expediciones es más bien escaso. Que quede claro: como todas las otras, la conquista del espacio es principalmente obra de comerciantes y guerreros, y sus aspectos científicos son puramente logísticos y pragmáticos. Si hubiese hombres en la luna, como los había en África y en América, los reduciríamos a la esclavitud o acabaríamos con ellos. Si los hombres fuesen mejores, tal vez hubiese valido la pena ir a la luna.
Mis valencias turísticas son limitadas. Ver la tierra desde la luna y pasearme por ese suelo polvoriento, oyendo el chasquido de mis zapatos gruesos contra las esférulas y los pedruzcos de piroxena, olivina y feldespato, chirriar la materia vitrificada y muerta bajo las suelas, no me produjo mayor entusiasmo que mis visitas (un poco obligadas por los hábitos de la época, como mi carrera de astronauta lo fue en cierto sentido por un padre militar) a las cataratas del Iguazú o al desierto de Gobi. No digo que no me haya producido ninguno sino que el que experimenté fue de lo más módico. Tal vez la única maravilla auténtica de mi paseo haya sido que las huellas de mis zapatos quedarán impresas en ese polvo pardo durante millones de años, pero también eso tiene su lado negro, porque en las noches de insomnio, o en las mañanas indecisas y turbias en las que mi situación parece sin salida, la forma estriada y ancha de esas huellas, obcecada y autónoma, insiste en venir a estamparse, nítida y excluyente, durante horas e incluso durante días, en la zona clara de mi mente.
El fragmento de mundo que hollábamos, Brown y yo, igual que la tierra paciente que nuestra especie había desfigurado con sus pasos, dejaba intacto el infinito. (Sé que los llamados hombres de ciencia consideran que el universo es finito, pero si eso es cierto, lo es en una escala diferente a aquella en que se sitúan los que han formulado la hipótesis.) Saber algo sobre la luna: tal era nuestra ilusión, ya que confundíamos experiencia y conocimiento. Encerrados en las cápsulas de nuestros trajes espaciales, deambulábamos en la penumbra grisácea, indiferentes a la esfera azul que flotaba, fantasmal, a lo lejos, en el firmamento negro, mientras esperábamos que el módulo principal de la nave, con Andy Wood adentro, después de dar el número previsto de revoluciones en la órbita lunar, pasara a recogernos para llevarnos de vuelta a la tierra.
Presentía a Brown encapsulado en su piel negra, igual que yo en la mía, y tuve la impresión, mientras dábamos nuestros pasos torpes y lentos, punteando aquí y allá con nuestras palitas especiales, unos cilindros metálicos que clavábamos en el suelo y retirábamos llenos de materia lunar, que estábamos aislados uno del otro por una serie de envoltorios y de cápsulas que nos volvían mu-tuamente desconocidos y remotos. ¿Para qué ir tan lejos a develar misterios si lo más cercano —yo mismo por ejemplo— es igualmente enigmático? La yema de los dedos y la luna son igualmente misteriosos, pero los cinco sentidos son más inexplicables que la totalidad de la materia ígnea, pétrea o gaseosa, de modo que excavar la luna, sondear el sol o visitar Saturno, como han dado en llamar caprichosamente a esos objetos sin nombre apropiado y sin razón de ser, no resolverá nada.
Tales son mis pensamientos tenues cuando me paseo por las calles, tan polvorientas como las de la luna, pero en las que mis huellas se desvanecen, fugitivas, casi en el mismo momento en que las imprimo, de mi pueblo natal. La vejez y lo que sigue me ha dado cita para uno de estos días en alguna de sus esquinas desiertas. Es inconcebible que la luna exista, casi tanto como que exista yo. Que haya un universo es por cierto misterioso, pero que yo esté caminando esta noche de primavera en la penumbra apacible de los árboles lo es todavía más. Así como ver la esfera azul desde la luna permitía poseer un punto de vista suplementario pero no volvía las cosas más claras, haber estado en la luna no me reveló nada nuevo sobre ella y, a decir verdad, me gusta más verla desde aquí, redonda, brillante y amarilla. Allá arriba, la proximidad no mejoraba mi conocimiento, sino que la volvía todavía más extraña y lejana. Desde acá sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como el de mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor, y que cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoria-les, y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas desde millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento.



http://www.cuantolibro.com/libro/14003/Lugar.html


jueves, 25 de octubre de 2007

Gens Nigra. Juan José Saer. Foto. JOP.

Las criaturas oscuras que observo todos los días desde mi oficina -trabajo en el sector administrativo de los ferrocarriles nacionales- dan la impresión de haber reglamentado al milímetro no únicamente su funcionamiento biológico, sino también su vida imaginaria. Parecen atrapadas en el círculo vicioso de sus costumbres, de sus creencias irrazonables, de sus fantasías. Las he bautizado para mí mismo la gens nigra, a causa como es obvio de su común aspecto exterior, pero también de las muchas afinidades que saltan a la vista cuando comparo sus diferentes comportamientos.

El verano pasado, alrededor de mediodía, la hora del aperitivo, que tomaba en la terraza de una pensión modesta en una playa del Mediterráneo, me gustaba seguir con la mirada desde mi perezosa el vuelo de una gaviota que, todos los días a la misma hora, recorría tres o cuatro veces el perímetro en semicírculo de la bahía, para ir a asentarse después en la misma roca, desde la que organizaba, planeando lento y bajo esta vez, expediciones de pesca por los alrededores. Esas expediciones cortas y casi siempre exitosas eran imprevistas y variadas, impuestas por algún estímulo exterior, la aparición de una presa por ejemplo o algún movimiento o brillo del agua que podía dar esa impresión, y su carácter aleatorio resaltaba todavía más comparado al vuelo circular con el que recorría el perímetro de la bahía, a una altura constante e impulsándose con un aleteo tan regular que daba la impresión, ese aleteo, de ser el motivo principal del vuelo, como si se tratase de un ejercicio deliberado. Parecía una reina recorriendo todos los días sus dominios para verificar, menos con el fin de exhibir su poder que con el de experimentar una exaltación íntima, que cada uno de los elementos que los constituían seguía estando en su lugar.

Si en esta gran ciudad de Europa occidental en la que vivo (su nombre es secundario) algunos miembros de la gens nigra actúan en forma similar, no debemos engañarnos: no se trata para nada de casos idénticos. La gens nigra es más complicada; puede ser que la voluntad de poder y el éxtasis como fin en sí la tienten de vez en cuando, pero siempre llegará hasta ellos por trayectos atormentados.

Vale la pena describir el paisaje que tengo el privilegio de contemplar todos los días desde mi oficina: aunque es considerada como una de las ciudades más hermosas de Europa, por la acumulación justamente de edificios y de conjuntos armoniosos que la componen, conservados de los siglos pasados, y cuya antigüedad puede llegar a veces hasta más allá de la Edad Media, el barrio en el que se encuentra mi oficina, si bien está en pleno centro, es una isla de líneas rectas, de torres de veinte, treinta y hasta cuarenta pisos, en las que predominan el aluminio, el vidrio, la sucesión interminable de verdaderas y de falsas ventanas, las superficies blancas que enceguecen o están recubiertas de un curioso verde metalizado, todo dispuesto alrededor de una gran estación de ferrocarril (lo que explica la presencia de mi oficina), de un rascacielos administrativo, de un centro comercial, y de un hotel de lujo de treinta pisos. En el límite este, el conjunto que estoy describiendo termina brusco contra una avenida del siglo diecinueve y hacia el oeste, en una plaza amplia y circular, ventosa y desolada, más vieja por su aspecto que los barrios medievales aunque apenas si tiene una década de existencia, y que con sus falsas columnatas integradas a los frentes, sus dinteles dóricos añadidos caprichosamente como pretendidas citas clásicas, muestran la verdadera finalidad de la estética postmoderna, que es convencer a concejales marcados por la argumentación de la necesidad de poner dinero en costosas obras públicas, asegurándoles que lo clásico y lo moderno se armonizan lo más bien, para hacerles perder, con esos argumentos, el miedo a las vanguardias supuestamente dogmáticas y turbulentas.

Mi oficina es un punto privilegiado de observación: desde mi ventana puedo ver, del otro lado de la calle ancha, el hotel internacional que, con su torre de treinta pisos de un blanco deslumbrante, aplasta el centro comercial, los restaurantes y los bares que, a la altura de la planta baja, se abren a sus costados a todo lo largo de la cuadra. En ese rascacielos blanco de renombre mundial en el que se alojan temporariamente reyes, estrellas de cine y jugadores de fútbol, grupos de turistas japoneses y grandes industriales, vive aunque parezca mentira una pareja de cuervos, tan renegridos como blanco es el edificio que los cobija. Me es difícil descubrir en qué lugar exacto del edificio está el nido, pero es en la altura, cerca del techo, donde se los ve más seguido, intensidad negra y en movimiento recortándose allá arriba contra los planos inmóviles y blancos del hotel, tan grandes y tan negros, con su pico amarillo y su vuelo singular, merodeando por las salientes geométricas del rascacielos, y tan perfectos en su género que, más que verdaderos cuervos, parecen esquemas de cuervos, el arquetipo ideal que presidió, antes de la repetición injustificada y demente de individuos más o menos idénticos, durante millones y millones de años, las diversas tentativas de la materia y las variaciones imperceptibles que se produjeron hasta dar con la forma definitiva. (Es evidente que en lo que llaman naturaleza, algún mecanismo empezó a funcionar mal a partir de cierto momento, y ese desperfecto es la única explicación más o menos racional de la sempiterna y superflua repetición de lo idéntico que practica.)

Pues bien: esa pareja de cuervos, instalada a espaldas y casi podríamos decir a costillas de las luminarias mundiales del espectáculo y de los autores de best-sellers planetarios, efectúa todas las mañanas, más o menos a la misma hora que, como por casualidad, entre las doce y la una, es la del aperitivo, el mismo vuelo circular de la gaviota, sacudiendo las alas con un ritmo regular y a velocidad constante, abarcando un perímetro bastante amplio que engloba, con exactitud maniática, todo el espacio ocupado por la edificación reciente, monoblocs administrativos, instalaciones y jardines de la estación, parques simétricos, canchas de tenis rojizas y rectangulares, circunferencia postmoderna declamatoria y desolada. El resto de la ciudad, con sus así llamados tesoros arquitectónicos de los siglos evaporados, no parece interesarles. Tal vez los colores claros de la arquitectura reciente son un estímulo sensorial que, en medio del océano de pizarra y de fachadas grises desplegado a su alrededor, motivan su expedición cotidiana de reconocimiento, o quizás adivinan, por la posición del sol en el cielo que a nosotros, seres horizontales, nos es indiferente, que algo esencial sucede en el universo y ellos, a su modo, con su vuelo solemne, lo celebran. Lo cierto es que rigurosamente puntuales no según el convencional tiempo humano, sino el más férreo del cosmos, los cuervos realizan un par de veces su vuelo circular. Aun cuando su perímetro pudiera explicarse por los estímulos sensoriales específicos de la edificación moderna, queda todavía por explicar la razón de la hora y, sobre todo, la renovación cotidiana de la ceremonia, detalles que no parecen presentar el menor fin utilitario, ya que para alimentarse tienen varios jardines vecinos a su disposición, que no se abstienen de visitar, ruidosa e incluso brutalmente, a cualquier hora del día. Tales son, entre otros, los comportamientos crípticos de la gens nigra, y es obvio que la ciencia ornitológica debe tener para explicarlos una serie de argumentos inconvincentes pero razonables.

Otros miembros de la gens nigra no son menos extravagantes: un jardincito de tres por cinco, en el sentido figurado y literal del término, ya que es un espacio rectangular de quince metros cuadrados, enmarcado por un cerco de arbustos bien recortados, con una alfombra de pasto y un círculo de rosales en el centro, recibe varias veces por día la visita de una pareja de mirlos, él de un negro renegrido, ella tirando a marrón. Vienen a comer con una aparente urbanidad burguesa, pero de tanto observarlos me parece haber detectado en ellos una ligera perversión.

Un gato del lugar, color noche cerrada, miembro eminente de la gens nigra, sin domicilio fijo, nacido en algún rincón discreto de los jardines de la estación, viene a darles caza, varias veces por día, pero únicamente cuando no están: en ausencia de los mirlos, el micifuz despliega todas las artes, todas las astucias, todas las mímicas y todas las actitudes del felino que rastrea, acecha, y salta por fin, sin error posible, sobre su presa, reptante, cuadrúpeda o alada, hasta que por fin, un poco melancólico por lo superfluo de su representación, con la misma indolencia aparente con la que ha llegado, se retira, no sin evocar esa comprobación corriente entre los teólogos, según la cual cuando el demonio exagera de un modo teatral, para darnos miedo, su propia ferocidad, podemos considerar su conducta como un signo inequívoco de impotencia. Durante semanas realiza una y otra vez su expedición fantasmática, cuando no hay ningún ser viviente en el rectángulo verde. Pero apenas se ha retirado, digamos entre cinco y diez segundos más tarde, la pareja de mirlos, como si no hubiese advertido nada, salida quién sabe de dónde, aterriza con displicencia y gracia en el pasto desteñido y raleado por el invierno. Ese ir y venir dura desde hace tiempo, pero más allá del aparente aire casual que adoptan los acontecimientos, me parece que, como sucede con cualquier hijo de vecino, para los miembros de la gens nigra espacio y tiempo, deseo y objeto, error y esperanza, desdén y crueldad, tienen la misma esencia problemática de todo aquello que, por capricho o indiferencia, nos pierde o nos salva.