viernes, 30 de noviembre de 2007

Después de la tormenta... (poner JOP, es una obviedad).



"Este es MI camino. Así respondo yo a los que preguntan por EL camino. EL camino, en efecto, no existe."
La respuesta del Zaratustra de Nietzsche (¡siempre Nietzsche!) para responder contra la moral normativizadora, pero también, una respuesta que alcanza al sujeto en las circunstancias de su devenir; de su mera existencia individual.
Nietzsche; ese ser atormentado y genial, solitario e hipocondríaco, lúcido como pocos y rebelde como ninguno, eligió un camino, propio, que nadie pudo seguir porque era único. Se internó en el intelecto pero no para escaparle a la emoción porque él clamaba por el regreso y la necesidad de la emoción que la tradición filosófica había expulsado con la división cuerpo alma; con la exacerbación de la razón*.
Eligió, de eso se trataba, y al hacerlo rompió con la tradición y los esquemas. Y esa decisión tuvo un costo, la expulsión y el aislamiento. Ser diferente siempre aleja de las multitudes. Por eso se decía a sí mismo un filósofo del futuro. Emociona leerlo: "Hay quien nace póstumo".
Por eso siempre su legado es pertinente. Porque enseñó en acto, con sus propias acciones aquello con lo que martillaba a la humanidad. Y saberlo Humano, demasiado humano, es el modo que prefirió para hacernos llegar la calma pero también la inquietud.
Él eligió y mostró en acto –insisto-, que esas decisiones cambian el rumbo pero que, más allá del resultado, bajo la premisa fundamental de la responsabilidad por los actos, constituye un destino, un devenir, pero propio y voluntario.
Por eso, la pregunta clamada por todos referente al fin, sobre qué hay allí, en los confines del derrotero, se torna misteriosa y profunda, sencillamente, porque la respuesta ansiada no existe. No existe en los términos en que se formula el interrogante. No por nada Machado escribió para que se cantara su caminante no hay camino…
No hay respuestas para el destino ni para los finales; ni para el mientras tanto ni para los límites. No las hay para el más aquí ni para el más allá. Simplemente porque no existen tales cosas. Existe el sueño profundo de la religión y los dogmas, pero eso es otra cosa. Simplemente existe el devenir y la aceptación de haber elegido un camino u otro; una bifurcación o la línea recta, el sí o el no.
Aceptación; una palabra simple y sin embargo, difícil de asir tantas veces. Y sin embargo, la única maniobra posible en el final.

* "En otro tiempo, en la conciencia del hombre, en el espíritu, se
columbraba la prueba de su alto origen, de su divinidad; para hacer
perfecto al hombre se le aconsejó que ocultara en si los sentidos lo
mismo que las tortugas, que suspendiera sus relaciones con los
hombres, que depusiera la envoltura mortal; entonces habría quedado
de él lo principal: el espíritu puro. También sobre este punto pensamos
nosotros mejor; el ser consciente, el espíritu, es considerado por
nosotros precisamente como síntoma de una relativa imperfección del
organismo, como un intentar, un tentar, un fallar; como una fatiga en la
que se gasta inútilmente mucha fuerza nerviosa; nosotros queremos
que una cosa cualquiera pueda ser hecha de modo perfecto hasta
cuando es hecha conscientemente. El espíritu puro es una pura
impertinencia: si quitamos de la cuenta el sistema nervioso y los
sentidos, la envoltura mortal, erramos el cálculo, pues no queda nada."
El Anticristo. Friedrich Nietzsche.

sábado, 24 de noviembre de 2007

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Carmen Maura y Penélope Cruz, madre a hija, fantasma y presencia de un pasado que retorna en silencios, aromas, ausencias y esperanzas. Un mundo sencillo y complejo, superficial y profundo, poblado de sentimientos humanos. Y Almodóvar con el color, la poesía y la intensidad de quien ha mirado y sigue mirando en el alma humana y muestra a quien quiera y pueda mirar, el conflicto de la materia arrojada al vértigo de los interrogantes en el momento en que comenzó a pensarse a sí misma en el océano de tiempo.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Espacio para el entusiasmo. JOP.



No hay espacio para el entusiasmo, se dijo con firmeza y se calzó la mochila sobre el hombro derecho mientras acomodó su cabello por última vez frente al espejo del living.
La mañana tenía un brillo glaciar y el sol explotaba en el horizonte confuso detrás de los edificios. Martín salió a la calle con el paso acelerado y tardó unos cuantos metros en darse cuenta de que el apuro que llevaba estaba ligado más a una ansiedad contenida que a la necesidad de llegar a horario a alguna parte. Pero ese pensamiento fue un relámpago que se diseminó por su cerebro y todo continuó en la misma velocidad inercial del comienzo.
En la esquina se topó con la vecina del segundo "A", la que siempre que lo encontraba, le prodigaba un jugoso beso y una sonrisa interminable y lo entretenía contándole no sé qué nueva experiencia o emprendimiento laboral, como si de lo que se tratara en realidad en aquellos furtivos encuentros, fuera de rendir algún examen de aptitud en un concurso de postulantes entre un conjunto despiadado de féminas desesperadas por conseguir pretendiente. Aquella vez aprovechó la ocasión para entregarle una tarjeta con sus datos personales -entiéndanse: teléfonos particular y celular, domicilio, etc.-, con la excusa de promocionar un evento en el que oficiaba de organizadora general y al que compulsivamente lo invitaba. “No voy a aceptar que no vengas”, le dijo con la mirada edulcorada y la voz empastada por la miel de los calores que abrigaba. Martín asintió y pensó un instante en lo entreverado de aquella expresión y, como vio de reojo que el colectivo estaba llegando a la parada, se despidió con un gesto de la mano y corrió hasta la esquina.
No hay espacio para el entusiasmo, se dijo. Ni para el entusiasmo ni para nadie más en este colectivo, pareció decirle una señora gorda que intentaba agarrarse del pasamanos ubicado sobre su elevado peinado. Martín se deslizó como pudo hasta el fondo donde encontró un minúsculo recoveco donde depositar su fibrosa humanidad. Sentados delante de él, una joven mamá amamantaba a su hambriento crío, el que devoraba el enorme pezón derecho de su progenitora con una voracidad tal que empujó a Martín a recordar aquél fresco que había visto alguna vez en algún manual de escuela primaria, donde podían verse a los primitivos primates antecesores de nuestra especie lanzados a la enfervorizada caza de una presa asustada. A un lado, una señora vestida con un elegante trajecito color natural y anteojos negros que miraba distraída por la ventana. Del otro, un señor de unos cincuenta y pico vestido con traje azul profundo, camisa blanca y corbata al tono, escrutando una revista deportiva como quien examina a un paciente terminal. Por qué nadie abre una ventanilla, pensó Martín con el poco oxígeno que le llegaba al lóbulo occipital.
Sólo cuando el colectivo dio un brusco giro notó que detrás suyo también se había ubicado un prójimo. Es que cuando el chofer dio aquél volantazo y todos los pasajeros se derramaron sobre uno de los costados del bólido, Martín notó la presencia cálida de aquél cuerpo firme y exuberante que estaba detrás de él. Con disimulo miró por arriba de su hombro izquierdo como queriendo constatar la altura de la avenida por la que se desplazaban y pudo verlo mejor. Un muchacho de unos 25 o 26 años, cabello castaño, ojos marrones claros y rasgados, el rostro anguloso y delgado y la piel suave y morena, de esas que sólo se consiguen gracias a la bendita combinación del nativo con el producto de la inmigración europea de principios del siglo XX. Lo demás que pudo observar en el rápido golpe de vista fue que tenía puesto los auriculares de algún reproductor multimedia y llevaba una remera ajustada color marrón claro con la inscripción “I’m the best” en finas letras góticas blancas. El mejor de los mejores, pensó Martín, asintiendo con una discreta sonrisa mientras volvió la vista al frente. Esta vez el bamboleo indeseado se debió a una brusca frenada que impulsó al susodicho a apretarse contra la espalda de Martín, quien sintió aquello más como un abrazo que como un empujón. Disculpame, le dijo una voz viril por detrás de la nuca. No es nada, respondió Martín girando la cabeza y quedando frente a los labios carnosos de aquel Mariano, Sebastián, Nahuel, Diego, Ezequiel, Nehuen… siguió especulando Martín. Permiso, bajo en la próxima, dijo la señora de cabellera elevada mientras arrastraba a varios pasajeros hacia la puerta trasera, lo que obligó al fulano a apretarse nuevamente contra Martín quien no había vuelto la cabeza y recién en ese momento se percató de que se había quedado mirándolo. Fue ahí cuando vino a su memoria aquella frase que una vez le había espetado su amigo Jorge, haciendo gala de la superioridad en años y experiencias: “Los levantes que suceden en los colectivos son los mejores. Son imprevistos y directos”.
Para esa altura de los acontecimientos Martín se había dado cuenta de que ya habían pasado varias cuadras del lugar donde debía bajarse pero no le importó. Había tomado una decisión y entonces supo que todavía había lugar para entusiasmarse.

Tute.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Pequeñas diferencias. Eduardo Aliverti. (O lo que se viene, en mis términos).

Es casi imposible sustraerse al impacto que, a todo nivel, produce el descubrimiento brasileño de un yacimiento petrolífero gigantesco, a siete mil metros de profundidad en el mar, frente a San Pablo. Y no contrastar esa noticia con las chiquilinadas que se suceden no muchos kilómetros más abajo.

A esta altura del anuncio no tiene mayor objeto insistir con los números que ya fueron difundidos, y que colocan a Brasil como uno de los países con mayores reservas en el mundo. Sí lo tiene, en cambio, subrayar un aspecto del que algunos (muchos, demasiados) colegas y analistas parecen haberse acordado un tanto tarde: los brasileños tuvieron y tienen una política de Estado, a resguardo de cambios administrativos; no privatizaron el manejo de sus recursos clave, y demostraron que pueden ser (y son) tanto una clase dominante tenebrosa como una clase dirigente de inmensa proyección estratégica. Si acaso, aunque no debería, parece o suena como un conjunto de definiciones grandilocuentes e imprecisas, vamos más negro sobre blanco todavía: son un país tan socialmente injusto como ninguno en el mundo, conservan relaciones de esclavitud y la crema de su burguesía paulista es, también, tan feroz como ninguna; pero dentro de la inmovilidad de su movilidad, como definió hace unos días Toni Negri en entrevista publicada por este diario, son en extremo sobresalientes por su capacidad de acumulación, apropiación y dirección conceptual de grandes líneas de desarrollo. Allí seguirán sus favelas descomunales, su narcotráfico distributivo entre la miseria, su corrupción mais grande do mundo, sus salvajes oligopolios de prensa escrita y audiovisual que ponen y sacan presidente, su violencia, sus desequilibrios sociales peores que los africanos. Quizá nadie debería apostar una moneda a que algo de eso vaya a cambiar. Pero podría jugarse décuplo contra sencillo a que, sin desconsiderar el tamaño natural de su economía de país-continente, con 8 millones y medio de kilómetros cuadrados de superficie y 180 millones de habitantes, son unos capitalistas que para la media de la región, por derecha, tienen otra cosa en la cabeza. Por la derecha ellos y por la izquierda Chávez, digamos.

Comparar esa cota y ese horizonte con los de la matriz dirigente argentina da pavura. El gigantesco yacimiento descubierto por los brasileños, con mil millones de dólares de inversión estatal sólo para esa área marítima, no deja de ser un punto ecuménico de una ofensiva que, respecto de Argentina, supone estar quedándose con frigoríficos, alimenticias, cementeras, estimulado todo por un agresivo apoyo crediticio del mismo Estado. Una cadena de integración productiva, para satisfacer el consumo interno y la exportación inter y extra bloque, que revela la condición de Brasil como líder natural y operativo concreto. China, India y ellos ya fueron previstos hace rato como la avanzada incontenible de los llamados países emergentes. Argentina, desde ya, no tiene condiciones de simetría económica para ser imaginada en un lote como ése, pero sí recursos de sobra como para aspirar al abandono de su papel productivo casi exclusivamente centrado en materias primas sin valor agregado. Sin dejar de aprovechar la etapa internacional excepcionalmente favorable para aquello que produce, si hay algo que no se advierte es quiénes piensan aquí más allá de la instancia, aunque sin perjuicio de tener en cuenta que aún está saliéndose de la crisis económica más grave de la historia.

Es complicado no oponer esa noticia con la otra que, también desde la región, comienza a despertar, por vía del asombro, algún interés internacional. La escalada diplomática con Uruguay alcanzó en las últimas horas picos desconocidos, que son susceptibles de ocultar lo importante. El Gobierno argentino carga con una muy buena parte de responsabilidad en el conflicto, tras haber alargado el camino sin retorno de alentar la ebullición en Gualeguaychú cuando, desde el comienzo, sabía que el funcionamiento de Botnia era irreversible. Intentó abrir una puerta mediante las declaraciones de la presidenta electa, apuntadas al control de la contaminación y a la necesidad de preservar el diálogo bilateral. Y de manera insólita, sólo encuadrable como ínfulas de un compadrito que queda preso de su propia inercia, el presidente uruguayo contestó a ese guiño ordenando que la pastera comenzara a echar humo, nada menos que en medio de una cumbre de jefes de Estado que incluía al argentino y al monarca convocado para gestionar una salida. Para el tipo de marco y enfrentamiento de que se trata, debe haber pocos antecedentes, si es que los hay, de una bravata semejante.

Las decisiones y gestos “personales”, sin embargo, que hoy son la inconcebible actitud del mandatario uruguayo, y ayer la del argentino encabezando en el puente una manifestación oficial que sólo podía ser interpretada en la otra orilla como nafta sobre el fuego, no deberían ser comprendidos –solamente, por lo menos– desde la lógica del arrebato demagógico. A un lado y a otro, lo que esconde esta suma increíble de desaciertos y bravuconadas es la incapacidad para concebir y ejecutar una política de desarrollo con soberanía regional, articulada con las necesidades populares. Uruguay tiene el derecho histórico de sentirse ninguneado por los grandotes del barrio, pero debió tener el deber de forzar alguna idea de progreso superadora de plantar arbolitos (y por casa soja) para terminar en brazos multinacionales que, contaminación o discursos patrióticos al margen, se llevan casi toda la torta del negocio. Y Argentina paga el costo del ninguneo al vecino que pegó el grito, sobrellevando además la dudosa autoridad moral de cuestionar la planta de Botnia cuando en su territorio sobreabundan emprendimientos y fábricas de parecido, igual o peor riesgo, o concreción, contaminante. ¿Las cosas habrían sido diferentes si hubiera habido un modelo de articulación económica entre ambos países, basado en acuerdos equilibrados de desarrollo mutuo? ¿Se habría evitado Botnia? Imposible saberlo, pero seguramente el clima de la relación bilateral habría impedido llegar a estos extremos de desplantes casi surrealistas. Porque, fútbol aparte, hablar de un enfrentamiento argentino-uruguayo en términos filobelicistas y de ruptura de relaciones suena a eso, a surrealismo.

Dos noticias y una misma enseñanza, a propósito de qué ocurre cuando unos se dedican a lo estructural y otros a lo que venga.

Artículo publicado en Página 12 del lunes 12 de noviembre de 2007.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Nietzsche y el Nihilismo. Albert Camus.

"Negamos a Dios, negamos la responsabilidad de Dios; solamente así liberaremos al mundo". Con Nietzsche, el nihilismo parece hacerse profético. Pero no se puede sacar de Nietzsche sino la crueldad baja y mediocre que él odiaba con todas sus fuerzas, mientras no se ponga en el primer plano de su obra, mucho antes que al profeta, al clínico. El carácter provisional, metódico, estratégico, en una palabra, de su pensamiento, no puede ser puesto en duda. En él el nihilismo, por primera vez, se hace conciente. Los cirujanos tienen en común con los profetas que piensan y operan en función del porvenir. Nietzsche no pensó nunca sino en función de un apocalipsis futuro, no para ensalzarlo, pues adivinaba el aspecto sórdido y calculador que ese apocalipsis tomaría al final, sino para evitarlo y trasformarlo en renacimiento. Reconoció el nihilismo y lo examinó como un hecho clínico. Se decía el primer nihilista cabal de Europa. No por gusto, sino por disposición, y porque era demasiado grande para rechazar la herencia de su época. Diagnosticó en sí mismo y en los otros la imposibilidad de creer y la desaparición del fundamento primitivo de toda su fe, es decir, la creencia en la vida. El "¿se puede vivir en rebelión?" se convierte en el "¿se puede vivir sin creer en nada?" Su respuesta es positiva. Sí , si se hace de la falta de fe un método, si se lleva al nihilismo hasta su últimas consecuencias y si, desembocando entonces en el desierto y confiando en lo que va a venir, se siente en ese mismo movimiento primitivo dolor y alegría.

[...] La vocación superior de Nietzsche si le creemos, consiste en provocar una especie de crisis y de detención decisiva en el problema del ateismo. El mundo marcha a la aventura, no tiene finalidad. Dios es, por lo tanto, inútil, puesto que nada quiere. Si quisiera algo, y en eso se reconoce la formulación tradicional del problema del mal, tendría que asumir "una suma de dolor y de ilogismo que rebajaría el valor total del devenir". Se sabe que Nietzsche envidiaba públicamente a Stendhal su fórmula: "La única excusa de Dios es que no existe". Al estar privado de la voluntad divina, el mundo está privado igualmente de unidad y de finalidad, por eso no se puede juzgar al mundo. Todo juicio de valor acerca de él lleva finalmente a la calumnia de la vida. Se juzga entonces lo que es por referencia a lo que debería ser, reino del cielo, ideas eternas o imperativo moral. Pero lo que debería ser no es; este mundo no puede ser juzgado en nombre de nada. [...] La conducta moral, tal como la ilustró Sócrates, o tal como la recomienda el cristianismo, es en sí misma un signo de decadencia. Quiere sustituir al hombre de carne por un hombre reflejo. Condena el universo de las pasiones y los gritos en nombre de un mundo armonioso completamente imaginario. Si el nihilismo es la impotencia para creer, su síntoma más grave no se encuentra en el ateismo, sino en la impotencia para creer lo que es, para ver lo que se hace, para vivir lo que se ofrece. Esta enfermedad está en la base de todo idealismo. La moral no tiene fe en el mundo. La verdadera moral, para Nietzsche, no se separa de la lucidez. Es severo con los "calumniadores del mundo" porque descubre en esa calumnia la vergonzosa inclinación a la evasión. La moral tradicional no se para él sino un caso especial de inmoralidad. "Es el bien -dice- el que necesita que lo justifiquen". Y también: "Un día se dejará de hacer el bien por razones morales".

[...] Con él, la rebelión parte del "Dios ha muerto" al que considera como un hecho establecido, y se vuelve contra todo lo que aspira a reemplazar falsamente a la divinidad desaparecida y deshonra a un mundo, sin duda sin dirección, pero que sigue siendo el único crisol de los dioses. Contrariamente a lo que piensan algunos de sus críticos cristianos. Nietzsche no ha concebido el proyecto de matar a Dios. Lo ha encontrado muerto en el alma de su época. Es el primero que ha comprendido la inmensidad del acontecimiento y decidido que esta rebelión del hombre no podía llevar a un renacimiento si no era dirigida. Cualquier otra actitud con respecto a ella, ya fuese el pesar o la complacencia, debía llevar al apocalipsis. Nietzsche no ha formulado, por lo tanto, una filosofía de la rebelión, sino que ha edificado un filosofía sobre la rebelión.

[...]

El mismo razonamiento [que sobre el cristianismo] hace Nietzsche ante el socialismo y todas las formas de humanitarismo. El socialismo no es sino un cristianismo degenerado. Mantiene, en efecto, esa creencia en la finalidad de la historia que traiciona a la vida y a la naturaleza, que substituye a los fines reales con fines ideales y contribuye a enervar las voluntades y las imaginaciones. El socialismo es nihilista, en el sentido en adelante preciso que confiere Nietzsche a esa palabra. El nihilista no es quien no cree en nada, sino quien no cree en lo que es. En ese sentido, todas las formas de socialismo son manifestaciones todavía degradadas de la decadencia cristiana. Para el cristianismo recompensa y castigo suponían una historia. Pero, en virtud de una lógica inevitable, la historia entera termina por significar recompensa y castigo: ese día nace el mesianismo colectivista. Así, la igualdad de las almas ante Dios lleva habiendo muerto Dios, a la igualdad simplemente. Nietzsche combate también las doctrinas socialistas como doctrinas morales. El nihilismo, ya se manifieste en la religión o en la predicaciones socialista, es el resultado lógico de nuestros valores llamados superiores. El espíritu libre destruirá esos valores, denunciando las ilusiones en que se basan, el regateo que suponen y el crimen que cometen al impedir que la inteligencia lúcida cumpla su misión: transformar el nihilismo pasivo en nihilismo activo.

En este mundo desembarazado de Dios y de los ídolos morales el hombre se halla ahora solitario y sin amo. Nadie menos que Nietzsche, y en eso se distingue de los románticos, ha hecho creer que semejante libertad podía ser fácil. [...] Lo esencial de su descubrimiento consiste en decir que si la ley eterna no es la libertad, la ausencia de ley es todavía menos. Si nada es cierto, si el mundo carece de regla, nada está prohibido; para prohibir una acción se necesita, en efecto, un valor y una finalidad. Pero, al mismo tiempo, nada está autorizado; se necesitan también un valor y una finalidad para elegir otra acción. [...] "Si no hacemos de la muerte de Dios un gran renunciamiento y una perpetua victoria sobre nosotros mismos, tendremos que pagar esa perdida". Dicho de otro modo, con Nietzsche la rebelión desemboca en la ascesis. Una lógica más profunda reemplaza entonces al "si nada es cierto, todo está permitido" de Karamazov por un "si nada es cierto, nada está permitido". Negar que una sola cosa esté prohibida en este mundo equivale a renunciar a lo que está permitido. Allí donde nadie puede decir ya qué es negro y qué es blanco, la luz se extingue y la libertad se convierte en una prisión voluntaria.

Puede decirse que Nietzsche se lanza con una especie de alegría espantosa al callejón sin salida al que empuja metódicamente a su nihilismo. Su finalidad confesada es hacer insoportable la situación para el hombre de su época. La única esperanza parece consistir para él en llegar al extremo de la contradicción. Si entonces el hombre no quiere perecer entre los nudos que le ahogan, tendrá que cortarlos de un golpe y crear sus propios valores. La muerte de Dios no termina nada y no se puede vivir sino con la condición de preparar una resurrección. "Cuando no se encuentra la grandeza en Dios -dice Nietzsche-, no se la encuentra en ninguna parte; hay que negarla o crearla". Negarla era la tarea del mundo que le rodeaba y que veía correr al suicidio. Crearla fue la tarea sobrehumana por la que quiso morir.

[...] Desde el momento en que reconoce que el mundo no persigue fin alguno. Nietzsche propone que se admita su inocencia, se afirme que no se le juzgue pues no se le puede juzgar por intención alguna, y que se reemplacen, por consiguiente, todos los juicios de valor por un solo sí, una adhesión total y exaltada a este mundo. Así, de la desesperación absoluta surgirá la alegría infinita, de la servidumbre ciega la libertad despiadada. Ser libre es, justamente, abolir los fines. La inocencia del devenir, desde el momento que se la admite, simboliza el máximo de libertad. El espíritu libre ama lo que es necesario. El pensamiento profundo de Nietzsche es que la necesidad de los fenómenos si es absoluta, sin grietas, no implica coacción de ninguna clase. La adhesión total a una necesidad total es su definición paradójica de la libertad. [...]

Esta aprobación superior, nacida de la abundancia y de la plenitud es la afirmación sin restricciones del delito mismo y del sufrimiento, del mal y del asesinato, de todo lo problemático y extraño que tiene la existencia. Nace de una voluntad decidida de ser lo que se es en un mundo que sea lo que es. "Considerarse a sí mismo como una fatalidad, no querer hacerse de otro modo que como se es..." La palabra está dicha. La ascesis nietzscheana, que parte del reconocimiento de la fatalidad termina en una divinización de la fatalidad. El destino se hace tanto más adorable cuanto más implacable. El dios moral, la piedad y el amor son otros tantos enemigos de la fatalidad a la que tratan de compensar. Nietzsche no quiere rescate. La alegría del devenir es la alegría del aniquilamiento. Pero sólo el individuo se hunde. [...] "Todo individuo colabora con todo el ser cósmico, lo sepamos o no, lo queramos o no". El individuo se pierde así en el destino de la especie y el movimiento eterno de los mundos. "Todo lo que ha sido es eterno, el mar nos devuelve a la orilla".

[...]

[...] La divinidad sin inmortalidad define la libertad del creador, Dionisos, dios de la tierra, aúlla eternamente en el desmembramiento. Pero simboliza al mismo tiempo esa belleza trastornada que coincide con el dolor. Nietzsche creyó que decir sí a la tierra y a Dionisos era decir sí a sus sufrimientos. Aceptar todo, y la suprema contradicción, y el dolor al mismo tiempo, era reinar sobre todo. Nietzsche estaba dispuesto a pagar el precio debido por ese reino. Sólo la tierra, "grave y doliente", es verdadera. Sólo ella es la divinidad. Del mismo modo que Empédocles se precipitó en el Etna para ir a buscar la verdad donde está, en las entrañas de la tierra, así también Nietzsche proponía al hombre que se hundiera en el cosmos para encontrar su divinidad eterna y convertirse en Dionisos. [...]

sábado, 3 de noviembre de 2007

Noviembre es una mala época para los recuerdos. JOP.


Noviembre es una mala época para los recuerdos. La proximidad de las fiestas de fin de año y las obligadas vacaciones de enero -para él, sobre todo las de ese año- constituyen una suerte de TNT emocional difícil de manipular. Se había despertado aquél sábado pensando en lo que haría para sus vacaciones y con quién pasaría esta vez las fiestas de Navidad y Año nuevo. No encontró respuesta. Y al no encontrarla, confirmó lo que muchas veces se negaba a reconocer. Por eso aquélla inusual tarde ventosa y fría, salió a caminar llevando consigo un nudo en la garganta que preludiaba lo que vendría.
Caminó sin rumbo fijo hasta que notó que había elegido las calles más vacías para hacerlo. Cuando el aire frió lo empujó a buscar refugio, orientó su trajinar hacia el interior de un enorme edificio donde solía ir a caminar los días de invierno. Buscó el bar que estaba en el subsuelo y se sentó en la única mesa vacía que daba hacia el patio central junto a la fuente de agua. Pidió un capuchino con azúcar, un vaso de agua grande para deglutir los dos comprimidos que llevaba en el bolsillo del pantalón y acomodó su humanidad en la silla del bar de su centro comercial favorito.
A la vista, lo habitual. La manada se movía, como siempre, en grupos de a dos, de a tres o de a cuatro. Alguna vez a él también le había tocado comportarse de ese modo. Cargaban coloridas bolsas de papel y de polietileno de baja densidad que paseaban las marcas de moda. Sonrientes o serios -daba lo mismo-, cada uno podría presumir haber cumplido con el ritual obligado y haber saciado, de modo ilusorio y transitorio, algo de aquel punzante deseo que los habitaba con la adquisición de algún objeto nuevo.
Al primer sorbo de la taza, vio a una madre zamarreando a su pequeño hijo quien no dejaba de dar gritos pidiendo que le compraran vaya a saberse qué nuevo juguete promocionado por los medios de estilo. El capuchino estaba aún amargo y le agregó un poco más de azúcar. Revolvió y retornó a beber con cuidado para no quemarse con el contenido y vio a una pareja joven apoyada sobre la vidriera de un negocio de electrodomésticos. Frente a ellos, un enorme televisor de plasma mostraba, con una nitidez casi irreal, las imágenes de una isla paradisíaca en no sé que recóndito lugar del planeta. “En silencio y con la mirada triste”, se dijo. No podía determinar si aquello se debía al astronómico costo del aparato o por la imposibilidad material y espacial de acceder a aquellas playas de arena blanca y mar azul salidos de la paleta de Delacroix que se les reflejaba en la retina y a los que eran cordialmente invitados a visitar.
Al siguiente sorbo la vio bajar por las escaleras. Erguida y elegante, con toda la dignidad que la tristeza que la habitaba lo permitía. El cabello claro hasta los hombros, prolijo pero un poco revuelto por el viento y los ojos brillantes. Nadie a excepción de él había notado las lágrimas contenidas en ellos. Llevaba un pantalón marrón de gabardina, una blusa blanca y una camperita también de gabardina color natural. Ni una gota de maquillaje y aún así llena de color en el rostro. A no ser por la rara expresión de sus ojos, no parecía triste. Sus pasos lentos y seguros daban la sensación de estar frente a quien domina el suelo, el aire y la luz que la rodea. Cargaba también una bolsita en la mano izquierda y un silencioso teléfono celular en la derecha. Por un momento, un momento que pareció una eternidad, dio la impresión de no saber dónde pararse. Si seguir caminando en la dirección en que lo hacía o dar la vuelta y retroceder o simplemente quedarse allí, en ese escalón endemoniado que la había llenado de dudas.
Aquella tarde sombría e interminable sintió aquel instante como un momento único e irrepetible. Un momento en el que todas las reglas y ciclos inalterables de la naturaleza habían abandonado su cuerpo y había logrado vaciarse de su ser. Dejó la taza sobre el plato y la observó con curiosidad porque se sintió acompañado. Frente a aquella mujer desconocida e inalcanzable se miró en un espejo, grueso y oscuro, que le devolvía la imagen que había construido sobre sí mismo. Y pudo comprender que el tiempo que restaba –y era conciente que no era mucho-, sería de ese modo, porque siempre había sido así y no había nada en el horizonte que anunciara la posibilidad de la diferencia y entonces debía aceptarlo y renunciar para siempre a aquello que nunca había sido pensado para él.