jueves, 29 de marzo de 2007

... JOP.

En medio de lo cotidiano, eso cotidiano tan vapuleado y banalizado a veces, se trastoca, se difunde y se invisibiliza, muchas veces, lo importante.
Detenerse un instante a mirarse a la cara, frente a frente, y verse al espejo para saber qué hay allí, aquí, en este paquete de fluidos y mucosas que se desliza por el tiempo acotado y en el espacio reducido.
¿De cuántas voces nos habremos alimentado? ¿De qué partes, de qué multitudinarios fragmentos aportados y absorbidos constaremos? ¿De cuántas de esas pequeñas cosas de los otros nos habremos nutrido? ¿Cuántas ventanas habremos abierto nosotros y cuántas nos habrán invitado a abrir? ¿Cuántas otras nos habrán mostrado?
Es el resultado intangible de ideas y caricias y miradas y pensamientos y silencios y esperas y sonrisas y arrebatos y pasiones y elecciones y elogios y vehemencias y descubrimientos y sonidos y aromas y costumbres y decisiones y padecimientos y abrigos y … y… y…
En medio del descomunal silencio de un mundo sin contornos definidos, de bullicios exhalados que dicen nada; de la velocidad del kilobite y los megahertz; de la palabra vaciada y despojada, a veces, algunas veces, surge algún encuentro. Una mirada, un gesto, una inflexión en la voz, un pensamiento que brota de la boca de alguien significativo, una melodía y la ventana se abre, y uno sencillamente por amor, se anima y mira del otro lado y, acompañado por la dulce serenidad del conquistador que ya recorrió el mismo camino, se encuentra ante una perspectiva diferente, en un vértice del prisma que nunca había visitado.
Estamos, en este instante, todos juntos las Matilde de Sábato y las Mercedes de García Márquez y las Simone de Beauvoir de Sastre y las Gala de Dalí y las Giulietta Masina de Fellini y las Frida de Rivera -y muchos otros que vienen llegando-, y de momento acordamos en que en el itinerario de la vida hay personas necesarias pero, las que más nos gustan, son aquellas que se convierten en fundamentales. Sin ellas, no seríamos lo que somos. Sin ellas no habríamos recorrido muchos de los senderos que se bifurcan y cuya colateralidad no habríamos convertido en instancia principal de no haber sido guiados por aquella paciente novedosa mirada.
Hay sustancia y peso y consistencia y contenido en nosotros gracias a esos seres fundamentales.
En cuanto a mí, quienes han sido y son esos FUNDAMENTALES, sabrán encontrar aquí mi incompleto homenaje.

martes, 27 de marzo de 2007

Discurso en el homenaje del Congreso Internacional de la Lengua Española. Gabriel García Márquez.


"Ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien Años de Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura.

Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores, y hacia un artesano, insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido.

Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de Cien Años de Soledad no son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua castellana esperando, hambrientos, de este alimento.

No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.

En mi rutina de escribir, nada he cambiado desde entonces. Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando, una a una y a un buen ritmo, las 28 letras del alfabeto inmodificado que he tenido ante mis ojos durante estos setenta y pico de años.

Hoy me tocó levantar la cabeza para asistir a este homenaje, que agradezco, y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que me ha sucedido. Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en blanco, es hoy una descomunal muchedumbre, hambrienta de lectura, de textos en lengua castellana.

Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo.

No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.

El desafío es para todos los escritores, todos los poetas, narradores y educadores de nuestra lengua, para alimentar esa sed y multiplicar esta muchedumbre, verdadera razón de ser de nuestro oficio y, por supuesto, de nosotros mismos.

A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro.

Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática, eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo.

Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica, calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias para terminar.

Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos, entre ellos "La región más transparente", de Carlos Fuentes; "Pedro Páramo", de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel.

Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja, para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos.

Pocos años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús, con un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió, empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa.

Lo que podía ser motivo de otro libro mejor, sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo, con nuestros dos hijos, durante ese tiempo en que no gané ningún centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.

Habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestras primeras incursiones al Monte de Piedad.

Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con un rigor de cirujano, pasó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero: "Todo esto es puro vidrio".

En los momentos de dificultades mayores, Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz: "Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses".

"Perdone señora –le contestó el propietario–, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?".

"Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible–, pero entonces lo tendremos todo resuelto, esté tranquilo".

Al buen licenciado, que era un alto funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: "Muy bien, señora, con su palabra me basta". Y sacó sus cuentas mortales: "La espero el 7 de setiembre (sic)".

Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de la ciudad de México, para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien Años de Soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina, a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana.

El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos".
Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad: "Sólo tenemos 53".

Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarla.

Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.

Muchas gracias".

viernes, 23 de marzo de 2007

Rayuela. Julio Cortázar.

"Como si se pudiese elegir en el amor. Como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio".

sábado, 17 de marzo de 2007

jueves, 15 de marzo de 2007

miércoles, 14 de marzo de 2007

El pintor de batallas. Arturo Pérez-Reverte.


...Podía preverse un huracán, explicó Faulques, pero no el punto exacto. Una décima de segundo, una gota más de humedad aquí o allá, y todo ocurría a mil kilómetros de distancia. Causas mínimas, inapreciables a simple vista, daban paso a espantosos desastres. Hasta afirmaba que el invento de un insecticida había modificado la mortalidad de África, varió su demografía, presionó sobre los imperios coloniales y cambió la situación de Europa y del mundo. O el virus del sida. O un chip cuya invención podría alterar las formas tradicionales del trabajo, causar revueltas sociales, revoluciones y cambios en la hegemonía mundial. Hasta el chófer del principal accionista de una empresa, saltándose un semáforo en rojo y matando a su jefe en el accidente, podía desencadenar una crisis que hiciera despomarse las bolsas de todo el mundo.
-En las guerras resulta más evidente. Después de todo, no son sino la vida llevada a extremos dramáticos... Nada que la paz no contenga ya en menores dosis.
Markovic lo observaba ahora con renovado respeto. Al cabo asintió despacio con la cabeza, el aire convencido. Comprendo, dijo. Lo comprendo muy bien. Y fíjese qué coincidencia. Cuando era pequeño, mi madre me cantaba una canción. Algo relacionado con esas leyes o cadenas ligadas al azar. Por culpa de un descuido se perdió un clavo, por culpa del clavo una herradura, por culpa de todo eso, cayó un reino.
Faulkes se levantó, sacudiéndose los pantalones.
-Siempre fue así, pero se olvida. El mundo nunca supo tanto de sí mismo y de su naturaleza como ahora, pero no le sirve de nada. Siempre hubo maremotos, fíjese. Lo que pasa es que antes no pretendíamos tener hoteles de lujo en primera línea de playa... El hombre crea eufemismos y cortinas de humo para negar las leyes naturales. También para negar la infame condición que le es propia. Y cada despertar le cuesta los doscientos muertos de un avión que cae, los doscientos mil de un tsunami o el millón de una guerra civil.

lunes, 12 de marzo de 2007

El pintor de batallas. Arturo Pérez-Reverte.


Fotografías a la gente buscando las rectas y curvas que la matarán, decía riéndose de pronto después de observarlo un rato en silencio. Fotografías cosas buscando los ángulos por donde empezarán a desmoronarse. Vas a la caza de cadáveres y ruinas adivinados, prematuros. A veces pienso que me haces el amor con esa desesperación desolada y violenta porque al abrazarme sientes el cadáver que seré un día, o que seremos ambos. Estás acabado a medio plazo, Faulques. Empiezas a dejar de ser un soldado callado y flaco. No lo sabes, pero has contraído el virus que terminará impidiéndote hacer tu trabajo. Un día llevarás la cámara a la cara, y al mirar por el visor sólo verá líneas, volúmenes y leyes cósmicas. Espero no estar a tu lado en ese momento, porque te volverás insoportable. De puro autista: un arquero zen que ejecuta movimientos en el aire con las manos vacías. Y si aún sigo contigo, te dejaré. Ciao. Lo prometo. Detesto a los soldados que se hacen preguntas, pero mucho más a los que obtienen respuestas. Y si algo me gusta de ti es el silencio que guardan tus silencios, tan parecidos al de tus fotos frías y perfectas. No soporto los silencios rumorosos, ¿comprendes?... Una vez oí decir, o leí, que el excesivo análisis de los hechos termina por destruir el concepto… ¿O es al revés? ¿Los conceptos destruyen los hechos?

Más de Cartier Bresson.





miércoles, 7 de marzo de 2007

La Transparencia del Mal. Jean Baudrillard.


El hombre está sumido en la virtualidad y atraviesa su espacio mental en un ordenador; virtual e inmóvil, hace el amor a través del ordenador y sus cursos los da por teleconferencias. Es como un motor con cerebro minusválido. La inteligencia artificial no es inteligente porque no tiene artificio. El verdadero artificio es el de un cuerpo con pasión, con signos de seducción, con una máscara en el rostro y que por esa razón llamamos espíritu. Y la virtualidad ha liquidado la carga de la cultura del pensamiento moderno.

...¿ Es posible que todo sistema, todo individuo contenga la pulsión secreta de liberarse de su propia idea, de su propia esencia, para poder proliferar en todos los sentidos, extrapolarse en todas direcciones? Pero las consecuencias de esta disociación sólo pueden ser fatales. Una cosa que pierde su idea se como el hombre que ha perdido su sombra; cae en un delirio en el que se pierde.

Aquí comienza el orden, o el desorden metastásico, de desmultiplicación por contigüidad, de proliferación cancerosa.

...Tiempo atrás, el cuerpo fue metáfora del alma, después fue la metáfora del sexo, hoy ya no es la metáfora de nada, es el lugar de la metástasis, del encadenamiento maquinal de todos sus procesos, de una programación al infinito sin organización simbólica, sin objetivo trascendente, en la pura promiscuidad por sí misma que también es la de las redes y los circuitos integrados.

¿Acaso, de igual manera, el éxito de la comunicación y de la información no procede de la imposibilidad para la relación social de superarse en tanto relación alienada? A falta de redoblarse en la comunicación, se multiplica en la multiplicidad de las redes y cae en la indiferencia de éstas. La comunicación es más social que lo social, es lo hiperrelacional, la socialidad superactiva por las técnicas de lo social. Ahora bien, lo social en su esencia no es eso.

Al banalizar la interfaz, la comunicación conduce la forma social a la indiferencia. La utopía de una sociedad comunicacional carece de sentido, ya que la comunicación resulta precisamente de la incapacidad de una sociedad de superarse hacia otros fines. Lo mismo ocurre con la información: el exceso de conocimientos se dispersa indiferentemente por la superficie en todas direcciones, pero no hace más que conmutar.

El silencio está expulsado de las pantallas, expulsado de la comunicación. Las imágenes mediáticas ( y los textos mediáticos son como las imágenes) no callan jamás: imágenes y mensajes deben sucederse sin discontinuidad. Ahora bien, el silencio es precisamente este síncope en el circuito, esta ligera catástrofe, este lapsus que, en la televisión por ejemplo, se vuelve altamente significativo- ruptura cargada a la vez de angustia y de júbilo-, al sancionar que toda comunicación sólo es en el fondo un guión forzado, una ficción ininterrumpida que nos libera del vacío, el de la pantalla, pero también del de nuestra pantalla mental, cuyas imágenes acechamos ,con la misma fascinación. La imagen del hombre sentado, y contemplando, un día de huelga, su pantalla de televisión vacía, será algún día una de las más hermosas imágenes de la antropología del siglo XX .

...Todo se sateliza, podría decirse incluso que nuestro propio cerebro ya no está en nosotros, sino que flota alrededor de nosotros en innumerables ramificaciones hertzianas de las ondas y los circuitos.

No es ciencia ficción, es simplemente la generalización de la teoría de McLuhan sobre las “extensiones del hombre” La totalidad del ser humano, su cuerpo biológico, mental, muscular, cerebral, flota en torno a nosotros bajo forma de prótesis mecánicas o informáticas.

...Estamos en la sociedad de la proliferación, de lo que sigue creciendo sin poder ser medido por sus fines.

...Sólo es comparable al proceso de las metástasis cancerosas: la pérdida de la regla del juego orgánico de un cuerpo posibilita que un conjunto de células pueda manifestar su vitalidad incoercible y asesina, desobedecer las propias órdenes genéticas y proliferar infinitamente.

...La náusea de un mundo que prolifera, que se hipertrofia y que no llega a parir.

sábado, 3 de marzo de 2007

Miradas. JOP.


Aquel domingo, la nieve se derramaba espesamente por todo el paisaje y Miguel sentía cómo el peso de aquel espectáculo caía con toda la densidad del aire helado, en su pecho triste. Los árboles blanqueados de frío y el silencio del entorno daban la impresión como si la naturaleza se hubiera retirado a otras latitudes.
Abelardo estaba sentado junto al fuego tallando un trozo de madera al resguardo del cálido destello de las brasas. El aliento agitado de Miguel empañaba el cristal de la ventana y su tristeza se derramaba sobre el campo cubierto de nieve.
-A quien esté en condiciones de escuchar, mi querido Miguel, podría oír claramente que los agitados latidos de su corazón están contando una historia penosa- dijo el Maestro sin apartar la mirada de la madera tallada.
-Señor- dijo Miguel a través del nudo que le cerraba la garganta, -¿Por qué será que nos cuesta tanto abandonar las cosas queridas? ¿Por qué será que nos aferramos a las cosas cotidianas con tanto esfuerzo? ¿Por qué añoramos vivenciar, para siempre, los momentos compartidos con los seres queridos?
Abelardo sopló la viruta adherida al trozo de madera que iba adquiriendo la forma de un pequeño animal, y se quedó observándola a la luz blanquecina que ingresaba por la ventana.
Miguel cerró sus ojos y experimento una mezcla de angustia y un enorme fastidio por no recibir respuestas de su maestro, justo en este momento, pensó, en que tanto necesitaba una palabra de alivio y de consuelo. Una respuesta sanadora.
El Maestro se levantó lentamente de su silla y fue hasta una mesa ubicada el otro lado de la habitación y buscó allí, entre un montón de elementos, la herramienta que necesitaba para continuar con su trabajo. Volvió lentamente y se sentó nuevamente en el mismo lugar para continuar con la talla.
-En la aldea –comenzó contando Miguel, como si se hablara a sí mismo- vivía una muchacha a quien conozco casi desde que éramos niños. Ella y sus padres vivían a diez casas de la nuestra y nos veíamos casi a diario por las tardes. Íbamos al río todos los domingos y pasábamos mucho tiempo juntos –continuó-. Cuando decidí venir aquí con usted, Maestro, fui a contárselo a ella con mucho temor y con mucha tristeza, pero cuando llegué y golpeé a la puerta, encontré que nadie respondía. Ante mi insistencia, una vecina se acercó y me detalló que los padres le habían dicho que se iban a vivir todos a Dresde, donde irían a instalar su negocio– contó Miguel con la voz casi quebrada. -Desde entonces, su recuerdo me asalta muchas veces y no puedo lograr olvidarla, Maestro. Por momentos ese recuerdo es feliz, porque vienen a mi memoria las experiencias en que disfrutamos muchos juegos de niños, riendo y compartiendo. Otras veces, es muy angustiante recordarla, porque sé que nunca más la volveré a ver y que, las ilusiones que teníamos de casarnos algún día y tener muchos hijos, ya nunca más serán realizables- intentó continuar Miguel mientras una lágrima se deslizaba por la mejilla que tenía apoyada sobre el cristal frío de la ventana.
Mientras Miguel narraba aquella historia, Abelardo había comenzado a preparar una taza de sopa caliente y el aroma de los vegetales comenzó a derramarse por toda la casa. Había atizado el fuego y éste cobró un tono amarillo incandescente que prodigó una cálida bocanada de aire que rápidamente se diseminó por toda la casa.
-Maestro- dijo Miguel con los ojos cerrados y derramando lágrimas contenidas sobre el cristal de la ventana- ¿cómo se hace para levantarse cada mañana de cada día, realizar las tareas cotidianas, trabajar, sonreír, callar, pensar, caminar, vestirse, alimentarse y no acabar consumido por este dolor que no termina de desaparecer?
Abelardo revolvió lentamente la marmita que contenía la sopa y extrajo de ella una cucharada enorme para probar lentamente el sabor del alimento. En silencio, agregó una pizca de sal y un pequeño puñado de perejil fresco que tenía preparado en un tazón de barro oscuro. Volvió a agitar el contenido y nuevamente dio un sorbo a la cuchara llena. Tomó el tazón y lo llenó con la sopa caliente y lentamente se la acercó a Miguel, quien no había abierto los ojos todavía y quien ya no podía dominar la lágrimas que se deslizaban a raudales por sus mejillas y su pecho agitado.
-Beba un poco, querido Miguel- dijo suavemente el Maestro mientras le acercaba lentamente el caldo caliente. –Querido Miguel, nada de lo que yo pueda decirle calmará la tristeza que lo alberga. Tal vez le resulte decepcionante que no tenga nada para decirle- dijo Abelardo mirando hacia fuera mientras su discípulo agarraba, tembloroso, el humeante alimento. –Créame que si tuviera algo para entregarle, no dudaría un instante en ofrendárselo, pero lamentablemente, no es así, querido Miguel. Siempre cuesta soltar las cosas con las que hemos entablado fuertes vínculos, y la vida no se trata de otra cosa más que de esa enorme dificultad en aceptar las pérdidas que sufrimos todos los días. Me atrevería a decirle, querido Miguel, que vivir no es otra cosa que eso: aceptar las pérdidas, pequeñas o grandes, que soportamos cada día.
Miguel, con un llanto franco y desconsolado, dejó el tazón de sopa sobre el marco de la ventana y por primera vez, fue recibido por los brazos afectuosos y cálidos de su Maestro que lo aguardaban seguros para que descargase allí su dolor y su tristeza.